Rodeada de mar por todas partes,
soy isla asida al tallo de los vientos...
Nadie escucha mi voz, si rezo o grito:
Puedo volar o hundirme... Puedo, a veces,
morder mi cola en signo de Infinito.
Soy tierra desgajándome... Hay momentos
en que el agua me ciega y me acobarda,
en que el agua es la muerte donde floto...
Pero abierta a mareas y a ciclones,
hinco en el mar raíz roto.
Crezco del mar y muero de él... Me alzo
¡para volverme en nudos desatados...!
¡Me come un mar batido por las alas
de arcángeles sin cielo, naufragados!

BARQUITO DE PAPEL
Hice un barquito de papel y lo eché al río:
Desde la orilla trémula de lirios de agua, me quedé mirándole…
¡Barquito mío de papel, un punto
de amor, de derrota predestinada,
un mínimo viaje hacia la muerte…!
—¿Quién me mira a mi desde otra orilla trémula de lirios…?

REBELDÍA

¿A qué amar la estrella en el lago? ¿A qué tender la mano hacia la frágil mentira del agua? Mendigo de bellezas, buceador de esperanza, mira que solo la Verdad es digna de tu sueño: Sé fuerte alguna vez y apedrea la estrella que no existe en el agua falaz y brilladora.

Dulce María Loynaz (La Habana, 10 de diciembre de 1902–La Haba-na, 27 de abril de 1997).

Poetisa y narradora cubana cuyas primeras obras se inscribe en el posmodernismo insular, dentro del cual fue la figura más representativa de la línea purista. La poesía de la escritora seduce por su sencillez, naturalidad, ritmo y musicalidad en sus versos, donde predomina una temática en ocasiones fruto de la angustia y del enigma motivado por el amor. Fue galardonada con el Premio Nacional de Literatura en 1987, y con el Premio Miguel de Cervantes en 1992, entre otros no menos importantes. Por la pureza de su voz lírica y su cautivadora expresividad, se la considera no solo como una de las más grandes escritoras cubanas del siglo XX, sino además, una de las representantes más ilustres de las letras hispanoamericanas.