Foto: Francisco Blanco

Debo confesar que me emocionó. Era una simple pantalla, y solo la vi por unos segundos desde la ventanilla del rutero, en la céntrica esquina de 23 y L. Mostraba la cuenta regresiva para el Aniversario 500 de La Habana y los números me transportaron a cada sitio emblemático y lleno de historias, a las obras reconstruidas por estos días, los nuevos mercados… a todo el esfuerzo del cubano, quien se conoce al dedillo los detalles bellos y los no tan bellos de mi Ciudad Maravilla.

Fueron pocos segundos, pero mágicos, y me dejaron impregnado el espíritu de hacer por La Habana lo más grande. Pero, entonces, alguien le hizo señas al rutero. El vehículo paró unos metros más allá de la mano presurosa del hombre quien, enseguida, corrió a alcanzarlo. Sin embargo, la puerta se abrió justo delante de una anciana, quien sudorosa y con la voz apagada del cansancio (era mediodía y hacía mucho calor) preguntó amablemente hacia dónde se dirigía.

No tuvo respuesta o, más bien, no hubo tiempo para contestación, ya que el hombre alcanzó el rutero y se apresuró a montarse, no sin antes empujar con delicadeza y descaro a la anciana, quien se vio obligada a bajar el pie que ya había subido, para mantener el equilibrio.
El final de esta historia mejor ni contarlo, pues aunque se hubiera hecho justicia, la acción primera del hombre demostró la carencia de valores positivos de algunas personas en nuestra sociedad… Y es que no sirve de nada arreglar la fachada de la ciudad si su esencia -la gente- carece de belleza.