Nunca entenderé cómo puede seguir funcionando el desigual esquema donde el hombre domina y la mujer debe obedecer. Aprendí desde pequeño que la lucha por el respeto sólo puede librarse cuando el individuo decide por sí hacer valer su identidad, independencia y derecho a ser.

Nadie debe imponer pose o conducta social a los demás cuando irrumpe y desgarra la libertad personal. Llego a este punto pues presencié una escena en la calle donde una pareja decidía si quedarse en una parada o caminar hacia el destino esperado. A viva voz la mujer explicaba sus razones para quedarse, a lo cual su compañero solo respondía con un rugido: ¡Camina!

Al final ella bajó la cabeza, aún no sé si por vergüenza o miedo. Sin importar quién porte la razón, en esta anécdota reflexiono sobre si, a estas alturas, el comportamiento cavernario y violento puede ser una práctica común entre parejas. Probablemente es una reacción aprendida para encajar en un molde que lleva años roto, aunque persiste su sombra cual mal vicio.

No intento aquí enseñar ni aleccionar, tampoco desmontar juegos de roles, de cómo una mujer decide que un hombre le brinde protección en algún aspecto y viceversa. No se trata de eso. Algunos pudieran pensar que es exagerado y grandilocuente este análisis, pero advierte males mayores que bien pueden ser atajados con amor y respeto.

Comparto el fragmento de un poema de la nicaragüense Gioconda Belli: “Mi mente está covada para recibirte,/ para pensar tus ideas/ y darte a pensar las mías;/ te siento, mi compañero, hermoso/juntos somos completos/ y nos miramos con orgullo/ conociendo nuestras diferencias/ sabiéndonos mujer y hombre/ y apreciando la disimilitud/ de nuestros cuerpos.