Esa mañana comenzó mágica. Habían cambiado la parada de los ómnibus ubicada en la avenida 23, justo en la acera de entrada al Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, donde –en un lateral del edificio- funciona un círculo infantil. Mientras esperaba, varias personas me preguntaron el porqué del traslado de lugar de recogida. Por supuesto, no pude explicarles. Sin embargo, una joven me “descargó” –a lo cubano– cómo el día anterior le explicaron la imposibilidad de traer a la niña porque debían limpiar aquella importante institución escolar.

“Fue una tremenda limpieza”, aseguró y expuso sus argumentos convencida de que en cuatro años no pudieron resolver lo realizado en solo dos días. Ante la mirada inquisitiva continuó: “Imagínese el polvo y la suciedad acumulada en la entrada donde personas –sin ningún pudor– dejaban los restos de orina. Esta mañana todo lucía reluciente, incluso pulieron el mármol del piso, delimitaron el acceso a los intrusos… ¿No pudieron hacerlo antes?”.

Respondí que debía estar contenta si un asunto viejo fue resuelto en pocas horas a lo cual la desconocida interlocutora sentenció: “Todo fue por la visita…”.

Por estos días muchas de las avenidas principales de La Habana cuando oscurece, parecen amanecidas por la colocación de lámparas led, mientras en las entrecalles de zonas dañadas por el tornado, pueden verse otras que antes estuvieron –por ejemplo– en la 5ta. Avenida.

El esfuerzo por hacer una ciudad mejor, sin una pretensión de perdurabilidad nos hace perder los detalles en cada obra, acción o proyecto –que si está bien pensado–, pudiera estar casi realizado. De esta forma en la mirada contemporánea del visitante o del residente quedará siempre una huella para el bienestar compartido y la evocación del buen gusto por lo sustentable en el tiempo.