No hay momento definitivo en la vida para dejar de cultivar el carácter. Cuando crecemos nos preparamos para ser jóvenes responsables, abiertos y lo más ávidos de experiencia posible. Si nos arriesgamos, el pensamiento se revelará ante cada imposición, nos equivocaremos y de la rebeldía encausada brotará la dulce sabiduría de quienes arriesgan la piel.

Luego ensayamos una adultez plena, ponemos en práctica teoría y acción adquiridas. Nos proponemos alejarnos de posiciones negativas, refunfuños y resabios malsanos. Es importante atender a los vicios, manías y formas para relacionarnos con el medio.

Todo lo que en el momento puede disfrazarse: “así soy yo, soy feliz así” no es más que un escudo a la dejadez y la reticencia ante el cambio. Todo es mutable, siempre podemos trabajar en una mejor versión de nosotros mismos. No hay que cambiar por nadie ni para nadie, hay que mejorar para ser más felices.

Nuestros últimos años reflejaran la forma en la cual decidimos tomar las cosas. Somos y seremos lo que construimos cada día, a cada instante. Sí, muchas veces la vida nos parecerá dura y difícil, pero otras tantas será un paraíso de amor y sonrisa. Según el rostro que dispongamos para enfrentarla florecerán las marcas acumuladas.

Arrugas de amor o desidia, ternura o desdén, pasión o desesperanza. Nada ni nadie posee un poder sobre ti, mayor a lo que tú permitas o desees. Toma el control de las acciones que te definen, dibuja un arcoíris a tu alrededor, suma, vive y ama sin límites visibles.