Ahí estaban, sin su empaque dominical, estrado habitual, ni la distancia establecida con el público. En un patio interior, un grupo sentado en forma de herradura los atendía en silencio. Tal vez algunos nunca los habían visto o escuchado, es posible que hubiera un fanático de ellos. Era Enrique Pérez Mesa con su tropa de la sinfónica, que interpretaban la Bella Cubana de José White. Una sesión terapéutica en medio de un día soleado de este febrero que se empeña en borrar lo que una fecha adversa de enero le dejó como herencia devastadora. Por la magia de la televisión los vi desde la sala de casa. Nadie lloraba. Mi piel se erizó.
A pocas cuadras una joven sentada ante un buró tiene una libreta donde apunta a quienes llegan preguntando: “¿es aquí donde puedo dejar este paquete?”. Es una de las casitas de la sede de la Federación de Mujeres Cubana (FMC), en mi Alamar. Un cuarto con llave resguarda todo donativo, ninguno lleva identificación. Impresiona. Los hay de todos los tamaños.
En el recorrido encuentro a un conocido que vive en Regla y me alegra este intercambio. Comenta que el tornado solo le rompió una ventana y arrastró el televisor, nada, en comparación con mis vecinos. Y sin preguntarle cambia el rostro y comenta: “¡Regla es otra, ya se construye, es increíble!, ¿tú fuiste por allá y viste el desastre?”. 
Le respondo que sí y extiende una invitación. No dejes de volver.
No sé, pero increíblemente en casa, yo que no canto ni en el baño, comienzo a tararear: “Yo me quedo con todas esas cosas, pequeñas caprichosas, con esas yo me quedo”. Alguien me grita. “¿Qué tú dices?” solo contesto, sí, yo me entiendo.