Hay quien vive en la luna o algo peor, vive en ningún sitio. Son de esos seres descafeinados que por elección voluntaria de la enajenación deciden desconocer que a un amigo presidente se le intenta despojar de sus poderes democráticos y populares. Tampoco les quita el sueño que todavía millones de niños, no aquí, sino allá “afuera” anden descalzos y sean explotados de las peores maneras. Pero esas personas incultas no escatiman voces egoístas para mancillar la pureza de La Habana desde el escudo de la mala fe.

No les interesa la desgracia ajena mientras tengan la barriga llena porque asumen la satisfacción de las necesidades primarias como la única condición para tener el corazón contento. ¡Cuán limitado concepto de la felicidad! Carecen del más mínimo respeto al prójimo. Tienen en cambio un defecto peor, el de criticar a mansalva y sin medida las buenas obras colectivas y patrias.

Se regodean en su ignorancia política pero deciden aceptar como auténtica cualquier noticia falsa o “bola” echada a rodar por otros, ni ingenuos ni indiferentes, que desde hace más de 60 años se agitan en un desesperado pataleo por derrumbar a la Revolución.

Sin embargo, todo se corrige por su propio peso. La dinámica laboriosa de nuestra sociedad los va arrinconando con la verdad, con la magia solidaria del barrio. Ese que se levanta luego de que una cadena humana, integrada lo mismo por un ministro, un obrero, una ama de casa, o un joven trovador, le ha sacado chispas de amor a la desgracia. Y ya el tornado va dejando de ser un fenómeno meteorológico para convertirse en otra cosa: en un contundente argumento de que todos Somos Cuba, de que juntos podemos más y que vamos más lejos. Al egoísta entonces le quedan pocas opciones: o recapacita y se integra o se muda definitivamente para la luna.