Momentos trascendentales tiene la vida mas no solo en su costura estrecha de anónimos hechos cotidianos. La mayor parte del tiempo nuestro bregar está marcado por telúricos episodios patrios. Tal es así que un antes y un después se ha prefigurado para la nación el pasado 23 de diciembre, cuando el Parlamento cubano en pleno aprobó la nueva Constitución de la República.

Como todo lo que acontece en esta Isla desde hace 60 años, es el pueblo quien tiene la palabra decisiva. Ahora el vocablo a esgrimir como palma soberana es un escueto sí, pero con una optimista carga hacia el futuro, semejante a cuando los novios confirman su pasión. Justo eso sucederá el próximo 24 de febrero: millones de enamorados de Cuba colmarán los colegios electorales para aprobar en referendo la Ley de leyes.

Tocará a los habaneros y habaneras reeditar el ejercicio democrático del voto con similar disposición como cuando la capital evalúo el Proyecto de Carta Magna a la que se le hicieron modificaciones, adiciones y supresiones, emanadas precisamente de la luz popular. Nuestra gente ha ganado en estatura política gracias al entrenamiento revolucionario que nos ha dado músculo de discernimiento intelectual sin importar el sector social y laboral al que se pertenezca.

Luego de evaluar y opinar, por ejemplo, sobre cuestiones como los fundamentos económicos, los derechos, deberes y garantías o la estructura del Estado, la población se siente genuinamente personalizada por una Constitución que carece del sello frío de los salones doctrinales porque su sustrato se ha “cocinado” en las calles entre todos.

Foto: Francisco Blanco

Entonces el Sí será rotundo, tanto como el dado en el mismísimo acto de amar.