De alta dosis de irracionalidad y burdo disparate puede catalogarse la actitud de la Casa Blanca con respecto a Cuba. Resulta evidente la ignorancia y ceguera política prevaleciente en la administración de Donald Trump.

Los intentos del presidente de los Estados Unidos de reanudar postulados de la Ley Helms-Burton contra la Isla quebrantan la soberanía de otras naciones del mundo y solo conseguirán aislar más a Washington de la comunidad internacional, y también alejar las posibilidades de diálogo civilizado entre ese país y la Mayor de las Antillas.

En momentos que la mayoría del pueblo estadounidense, empresarios, hombres de negocios y también un importante grupo de congresistas de Norteamérica han mostrado interés en establecer relaciones comerciales, intercambios científicos y culturales entre estos países tan próximos geográficamente, existen resentidos históricos como el señor Marco Rubio y su séquito de ultra reaccionarios que no cesan en su empeño de dañar a la población cubana.

El señor Trump, al parecer muy mal asesorado, se está dejando embaucar una vez más en la cruzada anticubana de la mafia, ese grupúsculo radicado en la Florida que aún vive del negocio de la contrarrevolución y lleva alrededor de 60 potenciando acciones y estrategias subversivas repudiadas por Naciones Unidas por cuanto constituyen un abominable crimen, al tiempo que violan de manera aberrante y sistemática el derecho internacional.

A pesar que el Estado cubano abordó en varias oportunidades el tema de las nacionalizaciones de la década de los años 60, (etapa en que además fueron indemnizadas sin problema algunas decenas de empresas y compañías extranjeras), luego que fuese preciso asumir el rescate de los recursos naturales y entregar al pueblo tierras de latifundistas y expoliadores foráneos, los Estados Unidos de América se negaron a negociar o aceptar cualquier tipo de reparación en ese sentido.

Ello se debió esencialmente a que desde el mismo momento del triunfo en enero de 1959 ya Washington había decidido obstaculizar, y destruir la Revolución y el avance social y económico refrendado en el proyecto que entonces surgía.

Igualmente hay que comprender que muchas de las “propiedades” que algunos ciudadanos norteamericanos fundamentalmente del sur de la Florida azuzados por elementos inescrupulosos que intentan reclamar de Cuba (aludiendo ser “demandas legales”) jamás han podido ser demostradas, además que la mayoría de esos reclamantes en los años de la aplicación de las nacionalizaciones no eran estadounidenses, sino cubanos y se debían entonces, a las leyes de la Isla.

¿ Qué sentido tiene exacerbar más las discrepancias entre dos naciones que podrían coexistir con programas de desarrollo y crecimiento mutuamente beneficioso para las partes, sin injerencias en los asuntos internos, y basados en el respeto y la voluntad de colaboración, independientemente de las diferencias de los sistemas políticos y socio- económicos, vigentes?

El asunto es que aunque los recalcitrantes son minoritarias en membresía, aún persisten organizaciones con presencia de cubanoamericanos intolerantes con influencia económico-financiera (generalmente por la cantidad de años que vienen lucrando con el dinero de los contribuyentes estadounidenses) y envolviendo en esa madeja de viles enredos a ese gobierno que no acaba de entender que las agresiones, sanciones, e injerencias extranjeras, unen más a los pueblos. Estos no aceptan recetas ni guiones preconcebidos desde afuera, como acostumbra a imponer la Casa Blanca en las naciones del Sur.

Los cubanos participan activamente en las transformaciones de su sociedad, en la actualización del modelo de democracia y economía que estimen pertinente. Han debatido masivamente en los barrios, centros de trabajo, escuelas y calles las propuestas de cambios a la Constitución de la República y el próximo 24 de febrero la refrendarán, en las urnas.

Quizás Washington que se autoproclama “paladín de la democracia y los derechos humanos” debía copiar esta práctica de democracia participativa por la profundización que representa para las verdaderas democracias.

No hay dudas que Trump y quienes protagonizan esos ataques contra la tierra de Martí, desconocen completamente la realidad cubana, las conquistas alcanzadas que dignificaron a millones de ciudadanos que hoy son portadores de esos logros en disímiles ámbitos; la salud, educación, cultura, ciencia y técnica, deporte, empleo, jubilación, y reconocimiento social con su accionar interactivo en la edificación de una nueva sociedad que tiene el propósito de ser más próspera y sostenible para todos por igual.