Se piensa principalmente en las estadísticas irrefutables a la hora de dibujar con acierto nuestro panorama nacional, sin embargo, deseo a través de un testimonio ofrecer mi personalísima visión sobre la épica de la Revolución Cubana a sesenta años de su triunfo, segura de que cada quien tendrá algo que contar.

Me enseñaron a amar mientras leía. Y lo primero que germinó en mí con aquellas lecturas fue la autoestima, ese amor propio que, cultivado con virtud, crece y germina en el respeto y cariño hacia los demás. Martí también fue mi maestro desde su prólogo en La Edad de Oro: “(…) el niño puede hacerse hermoso, aunque sea feo; un niño bueno, inteligente y aseado es siempre hermoso”.

Pero la semilla martiana hubiera quedado trunca si yo no fuera parte de un redentor proceso socialista, si el Estado no hubiera destinado millonarios recursos a expandir mi dicha, la de mi hermano, la de mi prima, la de mis compañeritos de escuela...

Durante el peor momento del Período Especial, en 1994, fueron más evidentes los efectos directos y extraterritoriales del bloqueo yanqui. Y mientras Cuba se ajustaba el cinto, por ejemplo, en electricidad, en transporte y había poco para comer, a mis dos hijos, y a los de todas las familias cubanas sin excepción, nunca les faltó la leche normada porque el gobierno, el partido y Fidel se emplearon a fondo, con una entrega absoluta, para que, aun en medio de ese mar de calamidades, la infancia tuviera garantizada su derecho a la alimentación. Mis niños tomaban, a diario, un vaso al levantarse y otro antes de dormir.

¿Acaso el Capitalismo se empeña de ese modo en tiempos de crisis?; Los pequeños pasan muchos apuros y hambre, que les obliga a pedir limosnas e incluso a hacer cosas peores. En cambio, aquí siempre ha sido una fiesta ver a los chiquitines colmar al país con la constancia de su contagiosa alegría, porque la Revolución cumplió el apóstol sueño de que “los niños nacen para ser felices”.