Foto: Francisco Blanco

Filosofaba un amigo acerca de las consecuencias del estrés en el trastorno del sueño y confieso que me hizo reír por emplear ese recurso tan criollo de buscar la quinta pata en el rabo del gato, cuando de “diagnósticos médicos” populares se trata. Argumentaba que durante la primera fase del descanso, después de entrar a la cama, el cansancio resulta demoledor hasta el punto de la desconexión con el entorno.

“Ah, pasado ese tiempo, usted comienza a pelear sobre el colchón, muerde la almohada y discute sumergido en una avalancha de imágenes que después no puede recordar. Incluso la delgada línea entre la pesadilla y el insomnio termina por llevarle a la siguiente jornada hecho talco y despertar con la vidriosa mirada de un vampiro sorprendido por el amanecer”.

Los especialistas recomiendan acostarse pensando en lo mejor que le ocurrió durante el día, pero –lamentablemente– son mayoría las situaciones  estresantes, sobre todo cuando recibimos las llamadas agresiones pasivas que produce la incomunicación y, en consecuencia, la rotura de un puente sobre el cual podemos tender la mano o recibir el apoyo de otros.

Recuerdo el encuentro con dos personas: una señora que supera los 80 años, quien enumeró una serie de padecimientos propios por el desgaste de su cuerpo, sin embargo tenía un sonrisa de sol y tanta luz en sus ojos como la Francisca del relato de Onelio Jorge Cardoso.

Él, un exboxeador de apellido Noa, peso welter –para ser más específico– un ejemplo de mantener el cuerpo y cerebro activos, filosofaba sobre ese músculo llamado corazón donde recae toda la carga positiva o negativa que se acumula durante años. “Es necesario alimentarlo cada día” con una buena acción. 

Tal vez sea el mejor paso antes de iniciar el camino del sueño desde la primera hora.