Aunque su presencia era normal entre los pobladores y nadie hablaba de ella como algo sobrenatural, desde la altura de mis doce años tenía una idea muy particular. Por eso cuando pasó en su Jeep verde marca Willy, manejando a pesar de sus años, melena corta, vestida de medio luto como era costumbre en las viudas de la 'época, y con la mirada al frente, la grabé para el resto de mi vida. Cuando la perdí de vista salí corriendo y al llegar a casa mamá dijo, “niña qué bicho te picó”.

Solo respondí acabo de ver a Lina, manejando, segura, con un hombre al lado que lleva una escopetica, como lo más normal del mundo, es un peligro.
Lina Ruz, la madre de Fidel Castro recorría el pueblo de Cueto, a escasos kilómetros de su Birán o mejor dicho como le decían los pobladores en esa época Birán Castro, como una cubana más, sin que nadie hiciera algún comentario por su presencia. Todos estaban acostumbrados a verla llevar las mandarinas y cocos cultivados en su finca a un vendedor de un mercado local.

Para mí que hacía poco tiempo vivía en Cueto era algo extraordinario, pensaba que debía ser custodiada, que alguien le manejara, que la supuesta escolta llevara un arma más moderna. Pero todo era tan corriente que no me cabía en la cabeza.

Mamá me tranquilizó con un no te preocupes, ¿quién le haría daño a Lina? Y siguió hablando de esa mujer que no se dormía en los laureles, que era muy trabajadora, una excelente hija que todos los días visitaba a su mamá. El día que avisaron de su fallecimiento sentí que una ola de silencio recorrió todo el pueblo.