Crecí con el orgullo de vivir en un país que nunca me dejaría desamparado. Salud, Educación y Cultura son aún los tesoros que aminoran la corrosión, causa del salitre y la diaria “luchita” por mantener el punto exacto de mesura. Hoy, por disímiles razones, estas garantías se ven amenazadas: la apatía, el egoísmo y la insensibilidad corren libres por las calles y cobran un terrible saldo.

Cito un caso conocido, sin mencionar lugar o personas, apelando solamente a quienes tengan la responsabilidad y el amor de preservar la calidad, exquisitez y veta humanista de esta profesión: Alguien se acerca a recibir el necesario servicio de odontología y coincide que el estomatólogo en ese mismo instante se ocupaba de “conversar” con una joven y bella colega.

Entonces la paciente pasó a un segundo o tercer plano de atención que, finalmente, desembocó en un doloroso y traumático proceso, pues no asimiló bien la anestesia. En su desesperación “permitió” al dentista realizarle la extracción con los mismos guantes, usados para limpiar una butaca para acomodar a su amiga, lo cual devino agravio y total desatención.

Muchas otras pueden ser las historias de maltratos y pavorosas prácticas en los servicios, incluso en lo personal, todavía espero respuesta de una institución en la cual ejercí el debido y necesario derecho de la queja. Lo cierto es que no debemos quedarnos callados ante situaciones similares. Sin que cunda la histeria o se sobredimensionen situaciones, todos debemos ser atendidos con respeto y bondad.

Sale el sol cada mañana en la ciudad y muchos sucumbimos ante la necesidad de encontrarnos en otros, ver brotar una sonrisa, incluso en los gastados rostros de los ancianos. Mientras escribo, las teclas de la computadora gritan en busca de un soporte vital. Las palabras se atropellan y duelen en las pupilas hasta derramarse. ¿Dónde se esconde la pizca de humanidad que nos falta?