A lo largo de la Historia, una sustancia del cuerpo humano ha sido la causante de muchísimo dolor aun cuando, desde la ciencia, ha probado ser una defensa natural contra los efectos de los rayos ultravioletas al disipar el 99,9% de la radiación absorbida en forma de calor: la Melanina.

En su nombre, o digamos mejor, al enarbolar la bandera de su propia ignorancia, hombres y mujeres han practicado la discriminación durante siglos y es triste constatarlo: aun lo hacen. El mundo, como una bestia cansada, se ha sacudido por momentos la carga pesada del racismo, pero un tumor tan antiguo no es fácil de extirpar. 

Y hoy Melanina, ajena e inocente, continúa siendo la causa de amores truncados, ofertas laborales inalcanzables, atropellos policiales y segregación, mientras confiere “sentido” a la casilla que, ¡en tantos documentos!, inquiere: Blanco__ Negro__.

No existe designio divino que indique que más o menos melanina en nuestras pieles ordena a las personas en una fila a las afueras de los mercados de la vida y la felicidad. Nuestro pigmento en cuestión lo reafirma. 

Serán necesarios muchos años para detener esta práctica absurda de clasificarnos en grupos, sectas o etnias, sin transgredir el respeto a la multiculturalidad, pero no es una quimera: podemos asumir a la Humanidad como un TODO diverso, pero íntegramente unido por la esencia de los sentimientos; y esos, imperecederos e intangibles, no se pueden colorear.

Piénsalo: nadie puede atreverse a preguntarte, si es que amas, si tu amor es negro o blanco. ¿Cómo podrías responder si, cuando cierras los ojos al besar mientras acaricias su piel, solo alcanzas a ver una explosión de colores que te ilumina por dentro?