Penoso rol asumió la comisionada de los Derechos Humanos las Naciones Unidas, Michelle Bachelet, con respecto a Venezuela. Resulta inconcebible que en su informe no se haga alusión o se condenen los múltiples intentos de Golpes de Estado, y de magnicidio contra el presidente legítimo Nicolás Maduro, y otros dirigentes bolivarianos.

Igualmente es bochornoso no se haya incluido en ese documento el criminal asedio, bloqueo económico y financiero protagonizado por Washington contra esa República del Sur, al extremo de retener fondos de la nación en bancos de EE.UU. y otros de Europa que eran utilizados para salvar vidas humanas.

Tampoco reconocen las decenas de ocasiones que el gabinete de Maduro ha convocado al diálogo con la oposición la cual hasta el momento solo ha mostrado su condición anticonstitucional y golpista, algo que en cualquier otro país del planeta, (incluyendo a Washington) hubiese sido condenado hasta con cadena perpetua como mínimo por provocar acciones terroristas, y derivar esos irresponsables hechos, en muertos y heridos.

Gran parte de la comunidad internacional, los movimientos sociales, las fuerzas progresistas y los hombres de buena voluntad y civilizados del orbe no comprenden cómo Bachelet que conoció la dictadura Pinochetista y su barbarie puede actuar parcializada con una derecha extremadamente reaccionaria, pro-oligarca, antipatriota y sumamente desprestigiada y antipopular, como la venezolana.

Independientemente a las acostumbradas presiones e intimidaciones por parte de la Casa Blanca tratando de imponer sus designios, no debe perderse el sentido humanista y altruista que debe caracterizar a las autoridades y miembros de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU la cual está concebida para defender las causas justas y combatir la discriminación y el abuso por parte del Goliat de América que no cesa en su empeño de apoderarse del mundo.

La Revolución Bolivariana es víctima de la campaña mediática de asedio y desinformación más cruel de las últimas décadas. Y ello se relaciona en lo esencial, con la diferencia de sistema político con respecto a Norteamérica y algunos de sus aliados, esos que solo defienden a sus servidores, aquellos que les dan como ofrenda los recursos de otros pueblos.

¿Cómo condenar al país que ofrece salud, educación, cultura, empleo, e instrucción especializada de manera gratuita a todos sus habitantes, sin distinción de ideologías, clase social o raza? No pueden negar que la mayoría de la población, esa que fue olvidada por centurias de colonialismo y oligarquías de turno en el poder, ha recibido con la Revolución, asistencia social y ayuda, como nunca antes.

¿Qué niveles de analfabetismo, incultura e insalubridad existían durante la IV República, esa que todavía defienden el golpista Juan Guaidó, y su séquito proyanqui?

La oposición en Venezuela ha dado fehacientes ejemplos de oportunismo, violencia, corrupción y prácticas terroristas. No olvidar las guarimbas que causaron cientos de muertes, sabotajes, empleo de mercenarios y paramilitares por parte de un segmento genocida de la oposición orientada a asesinar líderes como Robert Serra y otros que han engrosado la relación de héroes y mártires de esa República.

Basta de arbitrariedades y prepotencia imperial, es hora de que personas dignas de la ONU expresen la verdad con imparcialidad y decencia.
No se puede hablar de democracia, derechos humanos y paz, apoyando a un segmento ultra reaccionario que secuestró el liderazgo de derecha en el territorio de Bolívar y está muy presente además, en la administración de Donald Trump en los Estados Unidos, y eso bien lo conoce Bachelet, y el pleno de la Asamblea General de ese organismo que debía fungir como rector de la política de paz y desarrollo en el mundo.

Pero seguramente para alcanzar la integridad y moralidad que hoy se precisa, la Comisión Universal de Derechos Humanos, tiene que condenar a los recordistas en sanciones, en represión a los migrantes, en bloqueos, intervenciones militares e injerencias en los asuntos internos de otros Estados soberanos.