La actual administración de la Casa Blanca tiene como rasgo distintivo el irrespeto a los códigos de convivencia pacífica y el quebranto al derecho internacional refrendado por las Naciones Unidas.

Vulneran la Convención de Viena sobre la inmunidad del personal diplomático, así como de inmuebles y medios de embajadas extranjeras. Recientemente se suscitó en Washington -y ante la mirada estupefacta del mundo- una violación flagrante del recinto de Venezuela en esa ciudad.

De igual manera y sin escrúpulo alguno amenaza, sanciona y bloquea de manera unilateral con consecuencias extraterritoriales a naciones que no sustentan la ideología neoliberal y del gran capital defendido por Norteamérica.

Desconocen el multilateralismo en las relaciones establecidas por la ONU y violan acuerdos aprobados por esta, como el relacionado con el Cambio Climático y otros pactos vinculados al empleo de la energía nuclear con fines pacíficos; hacen caso omiso del reclamo de la inmensa mayoría de la comunidad internacional ante la Organización Mundial del Comercio, OMS.

Otros elocuentes ejemplos en el panorama mundial dan fe de la falta de reflexión y sensatez del ejecutivo estadounidense empeñado en promover conflictos y beligerancias de peligrosas consecuencias.

Las falacias y doble moral del gabinete de Donald Trump resultan muy burdas e inconsistentes ante la opinión pública universal.

En los últimos tiempos el gobierno de los Estados Unidos ha perdido la cordura y se ha implicado en una cruzada contra países soberanos e independientes, de manera irracional y absurda. Algunos medios de comunicación serviles a la Casa Blanca reproducen una y otra vez connotadas mentiras encaminadas a desacreditar procesos revolucionarios, y luego quedan también vilipendiados por su falta de ética y veracidad.

Ha sido reiterada esa política ignominiosa contra Cuba por alrededor 60 años, y aún no cesan en su obcecada intención de rendir por hambre o enfermedades al noble pueblo de la Isla.

Ello bien lo conocen los cubanos que han resistido miles de embestidas procedentes del Norte las cuales van desde actos de barbarie con empleo de agentes terroristas y mercenarios que han provocado más de 3 mil muertos, incapacitados y heridos.

Desde entonces han continuado con su asedio perenne, ejecutaron la vil invasión por Playa Girón derrotada en 72 horas y llegaron al extremo de aproximar un holocausto nuclear con la Crisis de Octubre de 1962.

Y qué decir del bloqueo económico, comercial y financiero más largo de la historia contemporánea sostenido contra población alguna... El menosprecio a los derechos humanos de todo un pueblo se evidencia con esta maquiavélica estrategia imperial contra la Mayor de las Antillas.

Pero no acontece solo contra la Isla, igual genocidio aplican hoy contra Venezuela, territorio al cual impiden lleguen alimentos, medicinas y recursos para sus habitantes. Y como es tradicional para esos propósitos erigen y utilizan marionetas como el denominado Juan Guaidó “autoproclamado presidente interino” en medio de la calle, latrocinio que no se le ocurriría a nadie con sentido común.

Una y otra vez orquestan show mediáticos como el de las “agresiones acústicas” a funcionarios de la embajada norteamericana en La Habana, lo cual además de inconsistente, resulta inverosímil. No existen pruebas fehacientes y menos aún transparentes sobre tales sucesos. Parece más una novela de horror y misterio made in USA que algo serio y responsable asumido por un gobierno.

Lo ocurrido en la frontera colombo-venezolana el 30 de abril pasado es también símbolo de decadencia acelerada de una oposición venezolana desprestigiada y muy mal asesorada desde la Florida, la cual goza del apoyo y beneplácito de Washington, a pesar de sus descalabros constantes y la repulsa de la inmensa mayoría del pueblo bolivariano.

Estos llamados diputados en desacato como Guaidó conspiran contra la vida y el derecho a vivir en paz de millones de coterráneos de su propia tierra.

De ahí el rechazo que se constata contra él y su cuadrilla de vendepatrias y delincuentes (prófugos de la justicia, golpistas, etc.), que lucran con el sudor y la sangre de los venezolanos y tratan de violentar la institucionalidad encabezando otrora prácticas de golpes de Estado y solicitando intervenciones militares que traen consigo muerte y destrucción.

Si esto ocurriese en la “democracia de Trump”, los golpistas estarían todos cumpliendo exorbitantes condenas.

Pero la doble moral es también el talón de Aquiles de la Casa Blanca. Hacen mutismo ante los cientos de asesinados en Colombia, los afro descendientes ultimados en la vía pública, niños migrantes que fallecen bajo custodia del servicio aduanal estadounidense, el precario estado de subsistencia de millones de ciudadanos sin seguro médico, empleo o vivienda decorosa, y las crecientes diferencias sociales.

Y aunque resulte asombroso, esta problemática se constata todavía en el desarrollado Estados Unidos que cuenta con un gobierno que poco mira hacia adentro, prioriza los muros segregacionistas y el incremento de las agresiones, los diferendos, las sanciones y el quebranto de la autodeterminación de otros países.