Una vez más los violentos y hacedores de terrorismo aglutinados en la derecha local intentan vulnerar la paz y tranquilidad ciudadana en Venezuela fomentando un golpe de Estado orientado a quebrantar la Constitución de esa nación.

Los opositores venezolanos y sus sicarios en Washington y la OEA siguen apostando al golpismo y a crímenes de lesa humanidad al intentar subvertir el orden institucional de la República Bolivariana y asfixiar por hambre a ese noble pueblo robándoles sus recursos financieros en bancos extranjeros con un cerco brutal, delictivo y antihumano que impide a su legítimo gobierno surgido en las urnas por voto popular acceder a fondos que precisan para invertir en salud, educación, alimentación y prosperidad de sus ciudadanos.

¿Quién ha visto alguna vez en la historia del sistema legal establecido por la Organización de las Naciones Unidas apoyar impúdicamente un Golpe de Estado o un asedio criminal, unilateral y salvaje, como el que favorece y promueve la administración de Donald Trump y el servil Luís Almagro, desde la OEA?
Resulta inconcebible. Ello solo es posible en mentes enfermas de ambición, odio, arrogancia y abuso de poder. De ahí también la incapacidad manifiesta para el cargo que ocupa el señor Almagro, quien con su vil accionar secunda a EE.UU. en actos lacerantes de la vida de millones de personas.

Lamentablemente, el denominado Grupo de Lima se ha dejado embaucar por presiones y chantajes económicos por parte de Norteamérica, sumándose a esa engañosa cruzada antibolivariana que cada vez queda más al descubierto, llegando incluso a dañar los intereses de otras naciones que siempre recibieron solidaridad y colaboración complementaria de la Patria de Bolívar a través de reales mecanismos de integración regional.

Y esta crueldad no solo se impone contra Venezuela, sino también lo practican contra Cuba y otras tierras del mundo donde la Casa Blanca receta políticas neoliberales irracionales que acrecientan la brecha entre ricos y pobres, además de la absurda aplicación de extraterritoriales bloqueos, sanciones y guerras de exterminio de seres humanos y patrimonios culturales como aconteció en Libia, Iraq, Siria, etc., y cuales cínicamente justifican, como daños colaterales.

La Unión Europea, su Parlamento y demás representaciones en esta zona, además de Rusia y sus vecinos europeos, también el Movimiento de Países No Alienados, todos sin excepción, -por principio, honor y respeto a las disposiciones rectoras de la ONU- deben condenar toda huella de Golpe de Estado que significa un serio retroceso histórico y cavernícola en esta centuria.

También los Estados de Asia, África y Oriente Medio, la Liga Árabe y Unidad Africana deben pronunciarse contra el descomedido interés de Trump de dominar el mundo como gendarme universal.

Los conflictos internos, cuales sean, deben ser resueltos por vía del diálogo civilizado, y el irrestricto respeto a la Carta Magna de los países. Estos malos precedentes de golpismo contradicen el orden internacional establecido.

Independientemente de las posiciones ideológicas de cada uno de los ciudadanos venezolanos, (casi siempre refrendadas en más de 20 procesos electorales), es ineludible el rechazo a la violencia, destrucción y muerte.

Y sin dudas por su quehacer tradicional, el Partido de oposición al chavismo que tiene como exponentes a Leopoldo López y al autoproclamado presidente Juan Guaidó (connotado fomentador de guarimbas y quebrantador de las leyes jurídicas, ambos respectivamente, apoyan a grupos fascistas que operan sin escrúpulo alguno e incentivan la violencia y la intervención militar foránea). Son entes vendepatria, lacayos muy obedientes de los dictámenes de Washington.

Pero el pueblo de Venezuela tendrá la última palabra. Y el Primero de Mayo, Día Internacional de los Trabajadores, constituyó un contundente ejemplo de la decisión soberana de millones de hombres y mujeres por salvaguardar las conquistas alcanzadas con la Revolución Bolivariana.

Ello demuestra que la violencia y el terrorismo no pueden contar con la anuencia de la población y tampoco con el respaldo de Estados soberanos e independientes que defienden su integridad y cuales legislan para las grandes mayorías, y no para élites del gran capital.

Solo la paz y concordia que viene propugnando la Revolución Bolivariana puede beneficiar el desarrollo sostenible y potenciar el porvenir de oportunidades y bienestar para todos los ciudadanos por igual, y sin injerencia externa en los asuntos internos de esa nación.