La OEA siempre ha sido un ente manipulado por Washington para satisfacer sus intereses y ambiciones regionales. Eso es historia refrendada por países, archivos y documentos de la Agencia Central de Inteligencia, y también de naciones víctimas de agresiones de EE.UU., en América Latina y el Caribe.
El respeto a los principios fundacionales de esa institución hemisférica es cada día más vulnerado, y de manera cínica y sin reparo alguno son quebrantadas las disposiciones relacionadas con la autodeterminación de los pueblos que rige en sus postulados.

¿Qué se puede esperar de una Organización de Estados Americanos que se atreve a aceptar a un representante del golpismo encabezado por un señor diputado que se autoproclamó en las calles de Caracas, de nombre Juan Guaidó, soslayando la institucionalidad de esa nación que cuenta con un dignatario escogido por el pueblo en elecciones democráticas, el 20 de mayo de 2018?

Ello denota el grado de incapacidad y degradación moral alcanzado por esa entidad desde el ascenso a su Secretaria General, el señor Luís Almagro, personaje que sin dudas carece de credibilidad, y ha dañado considerablemente la posibilidad de lograr cohesión y resultados socio-económicos determinantes para el desarrollo de las naciones miembros.

Resultan inadmisibles algunos de los acuerdos que en la OEA se proponen y cuales son de carácter meramente políticos, desdeñando el sentir de las grandes mayorías de las poblaciones del continente. De ahí el tratamiento fracasado y desacertado sobre Venezuela, como si no existiesen asuntos más graves que atender en la región.
Al comparar el accionar del mandatario estadounidense Donald Trump y su aliado Almagro se constata que ambos, (como se dice en el argot popular), danzan el mismo zapateo. Criminalizan a los movimientos progresistas y de izquierda que defienden su derecho a vivir en una sociedad más inclusiva y con mayores oportunidades de bienestar para todos sus ciudadanos.

Igualmente son portadores de una campaña descomunal, genocida y malévola contra la República Bolivariana de Venezuela. La OEA no se pronuncia contra opositores y terroristas que sabotean redes eléctricas, convocan a guarimbas que han contribuido a decenas de muertos y heridos, a quema y asesinato de personas, en Venezuela. Tampoco repudia a los responsables del asedio económico y financiero contra la Patria de Bolívar, al extremo de aceptar que la Casa Blanca retenga o usurpe fondos destinados a medicinas y alimentos, para ese pueblo. Y a cambio incitan a una “ayuda humanitaria” ilegal y provocadora que lacera la dignidad de un pueblo.

Resulta muy evidente quienes son los causantes de los problemas de abastecimiento y los actos desestabilizadores organizados contra mujeres, niños, ancianos y compatriotas en general, de ese noble territorio del Sur.

Llama encarecidamente la atención cómo Trump y Almagro intervienen sistemáticamente en los asuntos internos de ese Estado independiente de las Naciones Unidas, azuzando el conflicto entre venezolanos y además promueven beligerancias entre países vecinos como Colombia, Brasil y otros estados fronterizos.

No puede descartarse que ante una agresión contra Venezuela los primeros en poner la carne de cañón sean los ciudadanos de los países colindantes, precisamente, latinoamericanos y caribeños. Y eso lo conocen los pueblos del entorno regional y también sus gobernantes.
Pero ello también podría acarrear una guerra de proporciones ilimitadas en la cual ni EE.UU estaría fuera del contexto de la conflagración.
De ahí la imperiosa necesidad de que se imponga la cordura, y esencialmente el respeto a los fundamentos de la paz que fomenta la ONU, mientras el séquito de Trump y Almagro estimulan el derrame de sangre americana, algo que parecía olvidado con las prácticas fascistas e intervencionistas de la anterior centuria.

Pero como la Patria Grande es sabia y precisa de armonía e integración complementaria para avanzar hacia el desarrollo sostenible, tendrá que triunfar la inteligencia, el raciocinio y también la verdad ante esa desbordada sed de expansionismo geopolítico y económico predominante en la administración norteamericana que daña las relaciones internacionales y particularmente, la buena vecindad con la nación del Norte.