Resultan muy evidentes las intenciones de desestabilización del orden público por parte del señor diputado opositor y autoproclamado “presidente encargado” de Venezuela, Juan Guaidó, quien está empeñado como sicario de Washington en lacerar la paz y tranquilidad ciudadana en la noble nación del Sur.

Llama irresponsablemente a la reactivación de guarimbas y protestas callejeras que anteriormente ocasionaron cientos de muertos y heridos por actos de lesa humanidad, sin precedentes.

El fomento de actividades subversivas y acciones terroristas por parte de asalariados de esa violenta oposición “liderada” por Guaidó como fiel cumplidor del guión pre-establecido en USA tiene el rechazo de la inmensa mayoría de esa población, y de los hombres dignos del mundo.

Este torcido personaje está encarnando al sector opositor más reaccionario y vendepatria de la derecha y oligarquía local y regional. ¿Qué se puede esperar de una marioneta incapaz de enfrentar en las urnas a su contrincante político, y en cambio utiliza todo tipo de subterfugio deshonesto para desarticular un proceso revolucionario, auténtico, democrático, y de profundas raíces populares como el bolivariano, y chavista?

Así mismo Guaidó actúa en total desacato de las leyes y Constitución de esa República. Exacerba prácticas violentas y encabeza mítines orientados a promover odio, y desestabilizar al pueblo.

Los sabotajes reiterados al Sistema Energético Nacional son consecuencia del apoyo y convocatoria de este discípulo del representante de la Casa Blanca, Donald Trump, el cual muestra sin escrúpulo ni decencia alguna, su complacencia con los terroristas que financiados por oscuros intereses internos y foráneos, operan en esa nación.

Cada uno de los propósitos contrarrevolucionarios expuestos por Guaidó y su séquito de quebrantadores de la justicia, causan profundos daños a la población y obstaculizan la fluidez de los servicios básicos, esos que por más de veinte años ha venido garantizando la Revolución Bolivariana a sus ciudadanos.

La genocida cruzada orquestada por la derecha y su amo, el gobierno de los Estados Unidos, contra Venezuela, rebasa los límites de la ética y el derecho internacional, así como de la convivencia civilizada entre países.

Implementan cínicamente, desde Occidente, campañas de comunicación basadas en falacias y tergiversación de la realidad, y particularmente encabezan sanciones y asedios lacerantes de la condición humana, solo comparables con los instrumentados por las huestes fascistas de Pinochet y Hitler, encaminados a asfixiar por hambre y enfermedades a millones de compatriotas, por el mero hecho de no plegarse a los designios de una potencia extranjera con sed de expoliación de los recursos naturales de un pueblo.

Pero los anhelos de paz de los venezolanos vencerán a los provocadores, beligerantes y forajidos que a costa del sacrificio, el dolor, y sudor de los hijos de la tierra de Bolívar intentan destruir un proceso que ha contribuido a dignificar a los pobres y olvidados, no solo de esa nación, sino además del continente.

¿Quién puede soslayar lo que ha hecho ese proyecto emancipador por la unidad, integración, y colaboración complementaria entre los latinoamericanos, y caribeños?

Solo los detractores de la solidaridad entre pueblos hermanados por la historia y con voluntad política para alcanzar el desarrollo sostenible con paz, independencia, y equidad social, se atreven a atacar visceralmente al gobierno legítimo de Nicolás Maduro el cual tantos beneficios ha brindado a los más desposeídos en su país, y en la Patria Grande.