La oposición venezolana, en estrecha alianza con la administración de Donald Trump, quebranta la Constitución de la República Bolivariana y el derecho internacional que refrenda la Organización de Naciones Unidas sobre la autodeterminación de los Estados.

De manera degradante y servil, el señor diputado Juan Guaidó, conocido como golpista y usurpador de funciones, ha sido impuesto como “presidente encargado”, con el patrocinio de la Casa Blanca. Y ello representa una afrenta a los patriotas de la tierra de Bolívar y América, por personificar a un sector provocador de disturbios y acciones terroristas que dañan la tranquilidad del pueblo y sus anhelos de alcanzar el desarrollo con equidad y paz.

Luego de varias “giras turísticas” de Guaidó por la región y el show mediático con pretexto de “ayuda humanitaria” montado desde la frontera de Colombia, el pasado mes de febrero, continúa su estrategia encaminada a subvertir el orden en Venezuela, a estimular guarimbas, conflictos internos, sabotajes al sistema eléctrico, y además financiar, “con dinero de sabe cual contribuyente”, los viajes de su esposa y comitiva ultra reaccionaria por el continente, incluyendo su encuentro con Trump, su amo, al cual le rinden pleitesía.    

Ellos obedecen estrictamente el guión golpista y desestabilizador concebido en Washington, (potencia extranjera decidida, ignominiosamente, a derrocar un gobierno soberano y legítimo surgido en elecciones democráticas y que preside, por voluntad mayoritaria de sus ciudadanos, Nicolás Maduro.

Los Estados Unidos practican sin ética y escrúpulo alguno su injerencia en los asuntos internos de esta y otras naciones del hemisferio y el mundo. Nunca antes un gobierno violentó tantas leyes, ni fue tan burdo y disparatado en política exterior como el actual de Norteamérica.

Trump rechaza la colaboración entre países independientes y por mutuo acuerdo entre gobiernos legalmente constituidos como ocurre entre Venezuela con China, también con Rusia, Cuba, la India, etc. No admite que puedan existir relaciones de ayuda y cooperación mutua entre otros pueblos, y sin embargo, EE.UU. mantiene efectivos y bases militares en decenas de naciones.

¿Y qué decir de la cantidad de militares norteamericanos en puntos de Colombia, en áreas del Caribe y otros lugares de Latinoamérica donde tienen desmedida e injustificada presencia, con múltiples pretextos?

También están en otras zonas del planeta y sin haber sido convidados, como acontece en Siria, o en la Base Naval de Guantánamo, (territorio cubano apropiado ilegalmente), muestran una exacerbada sed de expansionismo y de recursos.

Si la administración estadounidense interfiriese menos en los asuntos de otros países y se ocupara, esencialmente, en solventar los suyos que son bastantes, dígase el maltrato a los migrantes, las desigualdades de clase, la violencia contra los afroamericanos, prácticas de xenofobia y racismo, así como los importantes temas de carácter social, viviendas, empleo, cultura, educación y salud que también afectan a millones de ciudadanos, sin dudas el mundo sería más armónico, solidario, y lograría una interacción más fluida para conseguir las Metas del Milenio trazadas por la ONU, y apostar al desarrollo sostenible.

Los bloqueos, sanciones, chantajes, y amenazas de guerra son inaceptables en una era contemporánea, y de civilización humana. Laceran las estrategias de libre comercio y mutuo entendimiento.

Solo los que tienen retorcido el camino y enajenada la mente, pueden concebir un futuro de beligerancias que solo conllevaría al exterminio en masas, o al holocausto mundial del cual nadie, sin excepción, escaparía.