Muy apropiada la añeja e interesante expresión; dios los cría y el diablo los junta. De ahí que la relación entre Jair Bolsonaro, presidente de Brasil y Donald Trump, de los Estados Unidos se estreche y se base, fundamentalmente, en las similitudes de ambos con corrientes ultra reaccionarias extremas,  muy próximas al fascismo.

La xenofobia, y el fomento de estrategias segregacionistas como la discriminación hacia las mujeres y el profundo racismo enraizado en estos dos mandatarios, los une. Y a ello se suma el servilismo de Jair a Washington en su cruzada criminal contra Venezuela y la izquierda regional.

Y por si fuese poco, la delegación brasilera de visita en Norteamérica incluye al “ilustre Sergio Moro”, el juez causante de la ignominia contra el líder de los trabajadores del gigante del Sur, Luis Inácio Lula Da Silva, y “casualmente” luego ascendido a Ministro de Justicia por el señor dignatario de esa nación, con el propósito de garantizar la condena y el encierro arbitrario e injusto de Lula, el ser humano que más beneficios aportó a esa población en sus períodos de mandato.

Según indican fuentes de comunicación y allegados a Bolsonaro como su hijo Eduardo, esa visita ahondará más sus vínculos con la CIA y estimulará la utilización de la nación brasilera como base para pruebas e incursiones militares, de efectivos estadounidenses.

Así mismo la Agencia Central de Inteligencia, podrá emplear ese territorio para acciones a su antojo, algo que ni gobiernos de derecha del continente han promovido tan abierta e impúdicamente porque lacera la soberanía e independencia de los Estados. Penoso rol tendrá que desempeñar el Congreso de ese país al tener que lidiar con las prebendas que su Presidente otorga a la Casa Blanca.

Mientras tanto, los trabajadores, campesinos, y movimientos populares y progresistas de Brasil continúan su lucha por la reivindicación de sus derechos. Ellos continúan siendo víctimas de las políticas neoliberales e intolerantes de la actual administración, esa que además potencia la privatización de renglones estratégicos de la economía y recorta y cancela con creces los presupuestos para obras sociales que favorezcan a los más desposeídos, a la inmensa mayoría de esa población.