Resulta inmoral que quienes se autoproclaman en el mundo “paladines de democracia y lucha contra el terrorismo” sean precisamente los que alienten, financien, y apoyen actos terroristas como el  sabotaje al Sistema Electroenergético Nacional de Venezuela acontecido recientemente, el cual afectó a millones de ciudadanos de todas las tendencias políticas e ideológicas que cohabitan en ese territorio.

Orquestaron un ataque cibernético que dañó a todos, sin distinción alguna. Fue un abominable suceso, solo concebido en mentes enfermas de odio y desesperación, y sin justificación en una era de civilización humana.

El senador Marco Rubio representante de lo más ultra reaccionario de la actual administración que preside Donald Trump no escatimó reparos ni escrúpulos al hacer alusión a esa operación contrarrevolucionaria que, todo indica, conocía de antemano.

Ni Rubio ni sus discípulos pensaron en la envergadura de su acto de terrorismo que pudo haber provocado la muerte de cientos de personas en urgencias médicas, hospitales y terapias intensivas. Estos gérmenes del diablo no conocen de humanidad, tampoco del sentido de la ética y la responsabilidad ciudadana.

Personajes como este que conspiran contra la institucionalidad de otros Estados independientes son los que se atribuyen el derecho, -que nadie les legó-, a determinar quienes son “terroristas buenos o malos”, independientemente de las consecuencias que la irracionalidad e ignominia que contemplan esas acciones de lesa humanidad, puedan acarrear.

Mientras, el sicario nombrado por Washington, Juan Guaidó, (el cual escenificó una de las bufonadas más insólitas de este siglo al autodeclararse “Presidente Encargado” en una calle pública de Caracas), resulta cada día más abucheado y desprestigiado, incluso por parte de la tradicional derecha que observa estupefacta cómo este señor sigue promoviendo la intervención militar extranjera y apropiándose del dinero del país, la Casa Blanca y la Organización de Estados Americanos tratan de sostenerlo, a pesar de su profunda e inevitable caída.

Este Guaidó, salido de una fabrica de subversión made in USA, no tiene personalidad jurídica y constitucional alguna en la República Bolivariana, y por el contrario es despreciado por su servilismo a una potencia foránea quebrantando todas las leyes del sistema judicial local y también el de Naciones Unidas. Solo un sujeto como este carente de honor y sediento de poder puede decir que es “Presidente”, sin que haya asistido a las urnas, ni haber sido siquiera, pre-candidato, y mucho menos electo.

Es una chuscada de mal gusto la que intenta representar y los miles de dólares que le asignan sus padrinos, que siguen aventurándose con el peor postor, solo consiguen desacreditarlo cada vez más. Es un fantoche con cuello blanco y muy mal seleccionado por su evidente incapacidad.

Todavía la Unión Europea y algunos miembros del Grupo de Lima y hasta de la OEA están a tiempo de rectificar dignamente sobre su postura con respecto al quebranto de la constitucionalidad en esa nación.

La UE y los organismos multilaterales no pueden soslayar que Nicolás Maduro es el único dignatario real de Venezuela en plenitud de funciones, a pesar de la férrea campaña de desinformación existente en Occidente contra el proceso bolivariano y sobre el cual no pueden omitir que produjo una Revolución social, pacífica, democrática, y fundamentada en alcanzar mayor equidad y justicia para toda la población.

Los que equívocamente trataron de apuntalar la fracasada ficha sacada del irregular tablero de ajedrez que conforma la oposición venezolana con la figura de Guaidó, sin personalidad propia y golpeado por su incompetencia como líder, están cada vez más convocados al fracaso y al descrédito.

La República Bolivariana merece sean respetadas sus legislaciones y Constitución. La Asamblea Nacional en desacato en esa nación solo se ha dedicado a agredir al dignatario y especialmente a las misiones sociales de salud, educación, cultura, seguridad, viviendas y otras impulsadas por el ejecutivo a favor de los más olvidados. Igualmente, la oposición, de manera oportunista e ineficaz, violenta las leyes y potencia la violencia con sus aborrecidas guarimbas, esas que en los últimos tiempos dejaron un centenar de muertos o invalidados.

Lo que ellos no fueron capaces de alcanzar en las urnas quieren imponerlo con el uso de la fuerza, chantajes, guerra económica, quema de personas y el injerencismo y patrocinio del imperio, aunque ello signifique derramar la sangre de millones de inocentes, incluyendo niños, mujeres y ancianos.

Pero esa infame estrategia solo ha conseguido unir más y fortalecer la unión cívico-militar de ese pueblo, y conseguir un mayor repudio hacia la oposición vende patria que pide traicioneramente la intervención del gobierno estadounidense y de Colombia en los asuntos internos de la tierra de Bolívar y Chávez. Hecho inexplicable, pero cierto.

Todo parece indicar que estamos en presencia de acciones muy torpes, pero sumamente peligrosas. Se constata, por parte de la Casa Blanca y otros gobiernos oligárquicos, el empleo de métodos muy chapuceros y viles, solo comparables con el actuar de la dictadura pinochetista y los regímenes militaristas de los años 70 y 80 que en el sur del continente latinoamericano fomentaron el terrorismo y trajeron consigo miles de asesinatos, desaparecidos y extrema violencia.

La paz es la única forma de dirimir las diferencias y contradicciones. Las beligerancias deben ser erradicadas, constituyen un episodio afrentoso del pasado vivido en la región a causa del colonialismo, el neocolonialismo y el salvaje capitalismo neoliberal sembrado en estas latitudes en el siglo XX, el cual trata resucitarse durante esta centuria que debía ser destinada al desarrollo sostenible con armonía, complementariedad económica y plena independencia.