No es propio de personas dignas y de buena voluntad azuzar las guerras e intervenciones extranjeras en países independientes.

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La paz es un derecho inalienable de los pueblos y ningún Estado foráneo está autorizado, ni moral o legalmente, a quebrantarla. Y eso es lo que se avizora con el tratamiento que ofrecen Washington y algunos de sus aliados a la problemática venezolana en la cual se constata irrespeto total por parte de EE.UU,  países del Grupo de Lima con patrocinio de la OEA, y parte de la Eurozona, a la autodeterminación y soberanía de la República Bolivariana de Venezuela.

De manera brutal, grosera y verdulera tratan de imponer matrices de opinión negativas sobre ese gobierno, y para ello ejecutan una campaña de desinformación y falacias sin precedentes que lacera la vida armónica de esa nación y también desprestigia a todos aquellos que desde la Injerencista Organización de Estados Americanos servilmente secundan a la Casa Blanca en esa cruzada deshonesta y carente de legitimidad en el derecho internacional.

En todos los tiempos han existido traidores a las causas nobles y humanas, son los que actúan como los connotados opositores golpistas Julio Borges, Juan Guaidó y demás sicarios que han regalado, por jugosas prebendas, el alma al diablo. Desconocen los procesos electorales, más de veinte efectuados en la tierra de Bolívar, también eluden hablar de las reivindicaciones socio-económicas y los anhelos de sustentar el desarrollo con independencia que proyecta el proceso bolivariano, algo que la derecha ambiciosa,  violenta y carente de programa integral para unos 30 millones de compatriotas, no ha podido articular porque es inepta, y está profundamente dividida.

Y ello se debe a su extrema dependencia y sumisión de intereses oligárquicos extranjeros, esa postura los mantiene ciegos y muy perturbados, de ahí que sus acciones sean desesperadas e insensatas. Pero la humanidad es mucho más extensa que los pro-yanquis y favorecedores de la carrera armamentista, esos que solo son promotores de conflictos internos y no miden las consecuencias de su barbarie, a pesar de la reincidencia en barrabasadas y fracasos como las de tratar de imponer desestabilización,  golpes de Estado, invasiones, y criminalidad.

La inmensa mayoría de los millones de habitantes de esta región rechazan las beligerancias y añoran la paz para reactivar sus economías y sustentar el desarrollo  con colaboración recíproca y complementaria, esa que tantos beneficios puede ofrecer a las naciones cuando existe en sus gobiernos voluntad política y no intervencionista.

Los ejemplos de solidaridad rebasan las fronteras latinoamericanas y caribeñas. ¿Qué puede decir el Congreso de los Estados Unidos sobre la “Operación Milagro”, o misiones educativas como “Yo Sí Puedo”? Seguramente desconocen o tratan de ignorar que miles de médicos, maestros, instructores de arte, constructores, deportistas, y otros especialistas y profesionales desde Cuba y otras zonas del continente construyen un mundo mejor sin analfabetos, y con  oportunidades de acceso, a  todos por igual, a servicios de salud, empleo, jubilación, seguridad social y otras prestaciones negadas por el salvaje neoliberalismo capitalista que vivió durante la IV República, Venezuela, y también una decenas de otros países del Sur donde impera el capital y solo pueden tener esas posibilidades los ricos y aquellos que cuenten con altos ingresos para brindar estudios culturales, superiores, a sus hijos. Esa es la dura realidad de muchos países que precisamente son los que hoy agreden la política de la administración venezolana que preside Nicolás Maduro, electo en las urnas.

Sin dudas impera la doble moral e incondicionalidad a Washington en algunas de esas posturas agresivas por parte de determinados gobiernos, contra la República Bolivariana. No comprenden que solo la paz salvará al planeta y que el holocausto puede salpicar a todos.