De inmorales solo pueden ser calificadas las acciones de la oposición ultra reaccionaria de Venezuela que estimula la violencia interna y lo que es más grave, la injerencia e intervención extranjera en su propio país.

Las declaraciones que realiza el señor Juan Guaidó, diputado de una Asamblea Nacional en desacato y al mismo tiempo usurpador de funciones de poder al autoproclamarse “Presidente Encargado” de la República Bolivariana, son extremadamente ridículas y carecen de legalidad alguna en esa nación la cual cuenta con una Constitución que no puede ser quebrantada por ninguna manipulación verdulera, y menos aún, por una marioneta de Washington en la tierra de Bolívar.

Lo que sigue asombrando a la comunidad internacional es que países que demandan respeto a sus constituciones como Canadá y en Europa; España, Francia, y Alemania (los cuales históricamente han tratado de proyectar posiciones de observancia a los contenidos de las Cartas Magnas de cada nación) hayan secundado a la Casa Blanca, particularmente a la administración de Donald Trump, en esta desenfrenada, ilegal y criminal aventura contra el pueblo de Venezuela.

Es evidente que precisamente esa población que dicen defender, es la principal víctima del asedio económico y el robo de sus recursos financieros en bancos extranjeros por parte de EE.UU. y algunos aliados que inmovilizan montos millonarios de divisas, propiedad legítima de la República Bolivariana que podrían emplearse por su gobierno (surgido del voto popular en las urnas), en mayores indicadores de alimentación, vacunas, educación, salud, empleo, seguridad, pagos por concepto de jubilación, etc.

Y llega a tal nivel el cinismo en política exterior de Washington que con “bombos y platillos propagandísticos” ofrece una “ayuda humanitaria” de 20 millones a ese país, luego de causarle daños cuantiosos, millonarios, por prácticas de subversión, robo de riquezas y violencia organizada desde Norteamérica, las cuales triplican varias veces la “chocarrera ayuda que brindan” y además de no cubrir las necesidades básicas de los 30 millones de habitantes, solo tiene el fin de justificar una nueva agresión en esta región que apostó decisivamente, a la paz.

También, algunos de los aliados de Trump en América Latina como el Grupo de Lima, y parte de la desprestigiada OEA que no vale la pena discernir sobre ella porque tiene algunos gobiernos con políticas dependientes y secuestradas por EE.UU. que los chantajea, intimida, e impone guiones, se han plegado al quebranto del derecho jurídico internacional y al irrespeto a la Constitución de Venezuela.

Si existiese voluntad política real de ayudar al pueblo de Chávez y Bolívar (que cierra filas cada vez más en defensa de su soberanía e independencia) no se le despojaría de recursos legalmente pertenecientes a ese pueblo, ni se le aplicara sanciones y bloqueos criminales que obstaculizan la entrada de medicamentos para enfermos, ancianos y niños, séan de partidos opositores o simpatizantes del gobierno, otra barbarie contra ciudadanos del Sur.

Absurda e insólita resulta esa estrategia que ahoga a seres humanos por decidir un destino diferente a los promovidos por Washington en el mundo al considerarse “gendarme universal”, paranoia que no tiene paralelo en esta centuria de civilización humana y que resulta, además, muy peligrosa para la supervivencia del hombre en el planeta.

Es hora de paz y no de beligerancias necias que traen consigo muerte o destrucción a las partes. Debe cesar la injerencia foránea en los asuntos internos de otros pueblos. Ese principio inalienable ha sido acordado por la Organización de Naciones Unidas, ONU, desde su fundación y debe continuar rectorando las relaciones entre los Estados.