La inmensa mayoría de las naciones del mundo han quedado atónitas con la decisión de la administración de Donald Trump y algunos cercanos aliados de reconocer al opositor venezolano Juan Guaidó, autoproclamado “Presidente encargado” de la República Bolivariana, sin que el pueblo lo haya elegido en las urnas.

El único dignatario legitimo seleccionado por el voto popular directo, secreto, y mayoritario de los ciudadanos de Venezuela fue Nicolás Maduro, quien tiene, además, el aval de la Constitución de esa República que la derecha local y regional en complot con gobiernos foráneos, trata de violentar. El burdo proceder de Washington y sus colaboradores con respecto al proceso democrático bolivariano y chavista que acontece en ese territorio del Sur, aleja las posibilidades de diálogo civilizado y constructivo entre las partes en conflicto.

No acaban de comprender que los asuntos internos de las naciones deben solventarse entre coterráneos y no con golpes de Estado, amenazas, intimidación o agresiones del exterior.

Ello socaba la soberanía de los Estados y convierte en baluartes inexpugnables a los pueblos que se unen en defensa de la sagrada independencia.

Según la actitud de la Casa Blanca cualquier persona, (quizás hasta un opositor de Trump) puede también autoproclamarse “Presidente”. De ahí que algo tan serio como el quebranto a una Constitución de un país se vea en redes sociales como un chiste, por supuesto, de mal gusto.

Se observan imágenes que ilustran que cualquier ciudadano o ciudadana en cualquier parte del orbe puede autoproclamarse “Presidente”, o “Presidenta”, o “dueño” o “dueña” de una institución, Corporación, o hasta de Facebook, por solo mencionar algunos ejemplos que se aprecian por estos días en la web. Entonces prevalece el capricho o interés personal de cada quien y no la institucionalidad.

¿Qué sistema jurídico puede aceptar tal disparate?

Podría entenderse como un cuento sacado de un animado de Disney que intentan diseminar por los grandes medios de comunicación plegados al show mediático. Y muy grave resulta que existan gobiernos que secunden tan magna locura y se hagan cómplices de esa barrabasada, la cual rebasa los límites de la decencia y convivencia pacífica que debe primar en la comunidad internacional que demanda respeto a la autodeterminación de los Estados.

La Unión Europea fundada en los principios de respeto a los asuntos internos de otras naciones, sorprende, cuando de manera irreflexiva y apresurada apoya el absurdo engendro fabricado por EE.UU. En nuestra opinión, hay muestras de ceguera política y virtual desconocimiento de las leyes y Carta Magna de la República Bolivariana, la cual bajo ningún concepto puede soslayarse.

No debe echarse más leña al fuego. Basta de agresiones, guerras económicas, sanciones, bloqueos, subversión y prácticas desestabilizadoras. Y por el contrario, deben reconocerse las legislaciones establecidas en cada nación y fomentar el diálogo para resolver las controversias entre las partes.

Los que apostan a guarimbas y beligerancias quedarán aislados por la historia de los pueblos que son los que deciden el destino de sus naciones.