Las acciones torpes y anticonstitucionales de la oposición venezolana la ubican en la contraposición con los ideales de soberanía e independencia defendidos por los libertadores de América, particularmente por Simón Bolívar y José Martí.

Ambos tempranamente avizoraron la sed de expansionismo y expoliación a los pueblos de Latinoamérica y el Caribe, por parte de los Estados Unidos, que jamás cedió en su empeño de mantener esta región como su traspatio e imponer políticas de garrote, segregacionistas y expoliadoras sobre el Sur.

Lo que resulta más ignominioso aún es que gobiernos del continente como los aglutinados en el Grupo de Lima sean capaces de secundar a Washington en detrimento de un territorio vecino, unido por siglos de historia, colonialismo y luchas contra las intervenciones extranjeras, muchas de las cuales fueron protagonizadas de manera criminal, precisamente, por la Casa Blanca.

Ninguna persona digna puede aceptar el complot internacional orquestado contra el pueblo de Venezuela que decidió su destino en elecciones legítimas y democráticas seleccionando a Nicolás Maduro como Presidente por el voto directo y mayoritario de los ciudadanos, en el plebiscito de mayo de 2018.

¿Con qué derecho cuestionan EE.UU., la Unión Europea y otros aliados de Norteamérica esas elecciones, cuando la oposición tuvo la oportunidad de participar, y no lo hizo, por voluntad propia?

Imaginemos por un momento que podrían aceptarse uno, dos, tres y más actos de separatismo o quebranto a la institucionalidad, establecida universalmente. Cómo sería el mundo si fuesen reconocidas por la Organización de Naciones Unidas declaraciones de independencia de entes opositores, de provincias o departamentos, sean de EE.UU., Canadá, España, Inglaterra, Francia, Perú, Argentina, Brasil, etc…

Ello sería instrumentar el caos, la desestabilización, y desconocer la Carta Magna de las naciones. Y exactamente eso es lo que acontece cuando algunas administraciones foráneas, en burda injerencia en los asuntos internos de la República Bolivariana, irrespetan la Constitución de ese país, luego que la mayoría de los ciudadanos venezolanos eligieron su Presidente a través de las urnas, y este se mantiene en funciones y plenitud de facultades.

¿Hasta dónde puede llegar el engendro made in USA?

Apoyar sin legitimidad alguna a un tal Guaidó autoproclamado “Presidente Encargado”, solo porque quizás se le antojó al señor Marco Rubio, o a otro personaje extranjero cualquiera que pueda ambicionar influencias o dominio sobre los recursos naturales de otros, resulta algo tan insólito, como ilegal e inmoral.

Una y otras barrabasadas siguen en curso con el protagonismo de Washington, Estado que se ha convertido en los últimos tiempos en el primer violador del derecho internacional y de la propia Constitución de Estados Unidos, la cual convoca a respetar la autodeterminación de las naciones.

Y, lamentablemente, otros en la Unión Europea y en América que proyectaban una imagen más racional y respetuosa de las leyes, están siendo arrastrados por esas impúdicas maniobras, falacias y bravuconerías del imperio norteamericano.

¿A dónde va a parar la demencia que se constata en el actuar persistente del gobierno de Donald Trump que está llevando al planeta a un holocausto de proporciones inimaginables?

Las lecciones de la historia no deben ser olvidadas. Es hora de salvaguardar la paz de las paranoias de quienes apostan a las guerras y a las destrucciones que son acompañadas de la reproducción de barbaries las cuales no se corresponden con la voluntad de la humanidad, menos aún, en el siglo XXI.