No son casuales las agresiones de grupos fascistas contra la Patria de Bolívar. Sucesos como el acontecido en la institución cultural que rinde memoria a Robert Serra, joven vilmente asesinado por hordas fascistas fomentadas por la oposición venezolana, son abominables.

Tampoco son espontáneas las acciones de células terroristas organizadas y financiadas desde el exterior que han intentado apoderarse de parques militares en Caracas, y repetir fallidos golpes de Estado que la ultra-derecha reaccionaria ha protagonizado en la República Bolivariana.

De extremadamente vergonzoso puede catalogarse el rol de aquellas administraciones que, irrespetando los postulados fundacionales de la ONU, se pliegan a las políticas injerencistas y criminales orquestadas contra ese territorio que tanto ha impulsado la colaboración solidaria e integración entre pueblos hermanos de América Latina y el Caribe.

La cruzada desenfrenada y carente de raciocinio organizada desde Washington y secundada por gobiernos al servicio del imperialismo estadounidense en la región resulta tan ignominiosa como cualquier huracán o sismo de gran intensidad que provoca muertes, heridos, y desaparecidos, además de dejar huellas imborrables en las poblaciones.

Estas anomalías tienen como diferencias el hecho de que las tormentas son fenómenos naturales los cuales no pueden evitarse. Y sin embargo, las intervenciones extranjeras en asuntos internos de otros constituyen violaciones flagrantes de la soberanía de los pueblos y quebrantan impúdicamente los principios internacionales de respeto a la autodeterminación de los Estados refrendados por Naciones Unidas.

En las últimas décadas la oposición al gobierno de Nicolás Maduro se ha dedicado a violentar la institucionalidad y Constitución de esa República de manera burda, e ilegal. Y algunas administraciones de derecha asentadas en algunos países del continente se han plegado a la desprestigiada OEA y también a la Casa Blanca en su cruzada antibolivariana.

Ello persigue destruir las conquistas de esa Revolución que ofreció oportunidades de dignificar a millones de hombres y mujeres que jamás conocieron lo que era ser alfabetizado, alcanzar niveles culturales, servicios de salud, empleo, y derechos a una vida con mayores oportunidades.

Desde el Norte se trata de imponer al Sur la desunión, los conflictos entre naciones vecinas como Colombia y Venezuela que tanto dañan a sus sociedades y obstaculizan el desarrollo sostenible. Y lo que es más grave, se incita a promover las incursiones armadas, los atentados, la subversión, y el fomento del odio entre coterráneos de Nuestra América.

Ningún Estado tiene autoridad moral ni jurídica para permitir que desde su territorio sean entrenados paramilitares y mercenarios a sueldo para perturbar la tranquilidad ciudadana en otro país, sea cual fuese el sistema político, económico y social que este desarrolle. Hay que aprender a convivir dentro de la diversidad, y respetar el derecho ajeno a delinear el futuro que estime más apropiado para su pueblo.

Respetemos las formas de pensar, estilo de vida, creencias y costumbres de los demás. En esta era contemporánea es importante la integración y unidad regional para obtener la sustentabilidad del desarrollo económico.