Cada vez son más disparatadas las decisiones del secretario general de la Organización de Estados Americanos, Luís Almagro, orientadas a lacerar la soberanía y autodeterminación de las naciones.

Una vez más la OEA, a través de la figura de descrédito por parte de su directivo principal, intenta aplicar la Carta Democrática de la institución contra Nicaragua. Antes lo planearon contra Cuba y Venezuela, países libres que hace años rompieron las cadenas que avasallaban a sus pueblos y tenían secuestrada la independencia de la Patria.

Lo que Almagro desconoce es que existen principios inalienables que no pueden ser quebrantados por mezquinos intereses políticos, ni caprichos de odio y resentimientos.

Y sería apropiado que este señor, hoy convertido en marioneta imperial comentara ¿por qué nunca la OEA ha arremetido contra los gobiernos que tienen miles de asesinados y desaparecidos, los cuales él bien debe conocer?

Tampoco lo hizo contra las criminales dictaduras militares durante la Operación Cóndor, y jamás ese ente regional se pronunció frente a las intervenciones militares de Washington en América Latina y el Caribe que tienen récord de ignominia, muertos y mutilados. Recordar las de Panamá, Granada, Santo Domingo, Guatemala, Nicaragua, Cuba, la apropiación de territorio mexicano, etc...

Almagro debería hacer más uso de las estadísticas internacionales, y no solo dedicarse a agredir a aquellos pueblos con sistemas económicos y políticos diferentes a la Casa Blanca.

Y no ha dicho palabra alguna cuando un afroamericano o latino muere a mano de órganos represivos de EE.UU. o cuando niños y adolescentes en centros educativos de ese país han sido ultimados tras las balas que indiscriminadamente y sin control alguno, se venden en Norteamérica.

Nunca ha condenado la actitud segregacionista y carente de sensibilidad humana que se impone contra los migrantes que llegan a la frontera de México procedentes de Honduras, Guatemala, El Salvador, y otras tierras de América con destino a los Estados Unidos, (país desarrollado que se ha autoproclamado “gendarme universal y paladín de democracia y derechos humanos”), declaraciones muy alejadas de la realidad de esa nación donde existen signos muy discordantes con esas denominaciones.

Basta de injerencia en los asuntos internos de los Estados. Ni la OEA ni la Casa Blanca tienen derecho a inmiscuirse en el destino de países independientes con gobiernos legítimos electos por sus compatriotas en las urnas.

La persecución política actual contra líderes de izquierda o progresistas como Luís Inácio Lula Da Silva, Cristina Fernández, y Rafael Correa, -por solo mencionar tres ejemplos-, es una acentuada muestra de la inseguridad y antidemocracia de algunas administraciones de orientación de derecha y ultra reaccionaria, hoy en el poder.

Este hemisferio podría prosperar, ser más equitativo, armónico y solidario. Y lograría alcanzar índices de desarrollo humano superiores a otras tierras del mundo, si cesara la estrategia irracional, egoísta e intervencionista de la cúpula de la Organización de Estados Americanos y su patrocinador, Washington, que tanto daño han causado a la unidad y colaboración complementaria y justa entre los millones de habitantes de estas latitudes.