Latinoamérica es la región más desigual del planeta en cuanto a la distribución de las riquezas, y la inmensa mayoría de los ciudadanos que la habitan viven aún en precarias condiciones y sufren abismales desigualdades de sexo, clase, raza y credo.

Ha sido víctima histórica de sedientas pirañas que han encarnado gobiernos representativos de las oligarquías y alta burguesía los cuales comprometidos con el gran capital, las compañías y transnacionales, generalmente al servicio de Washington, expolian los recursos naturales de las naciones del continente.

Y hoy una vez más se escuchan “cantos de sirena imperiales” los cuales confabulados con esos “tiburones de cuello blanco” que ostentan el poder, intentan retornar al ignominioso pasado de explotación del hombre por el hombre.

No olvidar que las administraciones de los Estados Unidos han considerado siempre a este hemisferio como su traspatio, de ahí la insistencia en resucitar la extinta “Doctrina Monroe” que el actual presidente de ese país, Donald Trump, desea desenterrar.

Lo que ocurre es que los tiempos han cambiado, se abren las modernas alamedas del siglo XXI y los pueblos han adquirido conciencia sobre los verdaderos causantes de sus infortunios y extrema pobreza. Y no están dispuestos a continuar como espectadores o asimilando políticas que fomentan disparidad, entreguismo, militarismo, y neoliberalismo por parte de quienes responden a las élites, en detrimento de los intereses de las grandes mayorías.

Igualmente aumentan las tensiones en la región, crecen las provocaciones contra naciones soberanas e independientes que no comparten las corrientes de pensamiento que quiere imponer la Casa Blanca. Y para ello utilizan a sus tradicionales marionetas como la Organización de Estados Americanos, obediente y asalariado ente de Norteamérica.

La OEA, como otrora hizo, arremete contra quienes decidieron caminos diferentes al de EE.UU. y no siguen su guión e instrumentan para sus compatriotas estrategias de desarrollo más inclusivas aportando enseñanzas y también resultados nunca antes alcanzados en esta área geográfica, muy a pesar de las sanciones, los bloqueos, los abusos y prepotencia de la administración Trump.

Están quienes se han dedicado a criminalizar las movilizaciones populares, de los trabajadores, indígenas, sindicalistas, y todo lo que huela a reivindicación social. Encarcelan a líderes como Luis Inácio Lula Da Silva, y otros que son también perseguidos políticos. Eso puede constatarse en algunas naciones del Sur como Argentina, el Brasil de Temer y Bolsonaro, artífices del neoliberalismo salvaje que cada vez empobrece más a millones de ciudadanos y muestra su verdadero rostro de complacencia con la ultrareacción y elementos del fascismo.

Se agrede vilmente al pueblo venezolano, a su gobierno electo democráticamente en las urnas, y detrás de esa campaña difamatoria está la sed de apropiación de los recursos energéticos de la República Bolivariana y los preparativos de una escalada armamentista con protagonismo de satélites de EE.UU. en la zona.

Tiene ilimitada magnitud el disparate y la falta de cordura que se avizora en algunos dignatarios vecinos del territorio de Bolívar como Colombia, al no comprender que ese fuego puede quemar a poblaciones enteras y extenderse por el hemisferio. Por ejemplo; ¿Qué propósito de desarrollo económico sostenible pueden tener las decenas de bases militares estadounidenses en suelo colombiano? Solo acarrear destrucción y muerte.

Los peligros de una conflagración a gran escala aumentan en el mundo, más aún en esta América cada vez más convulsa ante las vicisitudes que viven millones de personas desde el Río Bravo hasta la Patagonia. Y cuáles efectos se perciben en las oleadas migratorias crecientes hacia el Norte que ahora arremete sin escrúpulo contra los pobres que desesperadamente tratan de llegar a suelo estadounidense, sin tener en cuenta las necesidades perentorias de esos hombres, mujeres y niños que han sido bombardeados durante décadas por el hambre, el analfabetismo, y la propaganda de “paraíso terrenal”, que Washington promueve.