Nadie puede negar que el empeoramiento de la situación económica y los conflictos bélicos en muchos países sean la causa esencial de la avalancha migratoria que confronta América Latina y también África y Oriente Medio.

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Actualmente miles de hombres, mujeres y niños se han sumado a una enorme caravana de personas que desde la República de Honduras y otras naciones centroamericanas se dirigen a la frontera con EE.UU. con el propósito de ingresar a ese país en busca del “sueño americano”, ese que ha sido estimulado históricamente a través de los medios de comunicación y las habituales estrategias de la Casa Blanca dirigidas a captar fuerza de trabajo altamente calificada y barata.

Tiene, además, una notable incidencia en esta problemática la implementación de programas neoliberales en el continente que provocan mayores índices de desigualdad y carencia de oportunidades para alcanzar una vida digna que permita a las familias y sus descendientes acceder a los sistemas de salud, educación, empleo, viviendas y otros beneficios socio-económicos imprescindibles, inalcanzables en buena parte de los países del Tercer Mundo.

Ello tiene sus raíces en siglos de colonialismo y expoliación de recursos naturales. Las transnacionales oriundas de potencias desarrolladas tienen un rol preponderante en el saqueo de las riquezas de los pueblos.

Asimismo, se constata el fomento de conflictos internos, injerencias e intervenciones militares las cuales han contribuido al crecimiento de las oleadas migratorias hoy presentes en diferentes regiones del orbe.

Desde la invasión a Iraq, Libia, y la creación de facciones terroristas para agredir Siria, orquestadas por intereses geopolíticos y económicos foráneos, la situación de los refugiados alcanzó niveles colosales. Y Europa es la principal afectada con esta situación provocada por la cruzada guerrerista de EE.UU., con la OTAN y sus aliados.

A este contexto global se suma el riesgo de supervivencia del planeta. Nunca antes estuvo tan amenazada la paz y vida humana como en este milenio, con el aumento de la irresponsabilidad de potencias desarrolladas como Estados Unidos, con la administración de Donald Trump, que niega las consecuencias del cambio climático, y ha decidido retirarse de los convenios internacionales relacionados con la preservación del medioambiente, exacerbando los daños al ecosistema con la proliferación de gases de efecto invernadero.

De igual manera, esa perversa política pone en riesgo todas las especies biológicas, particularmente la más importante, el hombre.

Si las naciones industrializadas invirtiesen más en el bienestar de los pueblos en vías de desarrollo y generaran políticas más justas y equitativas que erradicaran la pobreza extrema y marginación de millones de ciudadanos, seguramente desaparecerían, o al menos se reducirían notablemente, las oleadas migratorias que en estos momentos acontecen en el mundo.