¿Cómo mitigar el duelo patrio y animar el silencio de las almas, si ha caído en combate el más bravo de nuestros guerreros, el 7 de diciembre de 1896?
El enemigo, en su osadía, creyó entonces haber ganado; pero – a 119 años de aquel embarazoso suceso -, todavía retumban las viriles palabras y se le siente empecinado en su cabalgadura: “Quien intente apoderarse de Cuba recogerá el polvo de su suelo anegado en sangre, si no perece en la contienda”.

Era como un vaticinio de la aurora. Un hijo de la unión de Mariana Grajales y Marcos Maceo no podía proceder de otra manera. Antonio de la Caridad Maceo y Grajales –bravo en todas las batallas, astuto estratega, experto en la táctica, político certero en la hora de las deliberaciones, ¡sencillamente imprescindible! - “venía de león y de leona”, y perteneció a esa estirpe de quienes aman y fundan.

Una etapa poco explorada de sus acciones fecundas fue su paso por Costa Rica, donde también dejó huellas. Con la anuencia del gobierno de esa nación, crea allí, en Nicoya, una estancia que denomina La Mansión, levanta un ingenio azucarero y una escuelita. Por ley maravillosa de la naturaleza se dio completo a la causa. José Martí le visita dos veces; juntos hablan el mismo idioma: dialogan acerca de los preparativos de la Guerra Necesaria, trazan planes y él presta la total colaboración al Partido Revolucionario Cubano ante su Delegado. Luego, como se conoce, desembarcó por Duaba, el primero de abril de 1895.

El Apóstol le retrata cuando escribe: “Maceo tiene en la mente tanta fuerza como en el brazo. No hallaría el entusiasmo pueril asidero en su sagaz experiencia. Firme es su pensamiento y armonioso como las líneas de su cráneo. Su palabra es sedosa como la de la energía constante, y de una elegancia artística que le viene de su esmerado ajuste con la idea cauta y sobria (…) Le son naturales el vigor y la grandeza…”

Martí ya había perdido su genial existencia en la confluencia de Dos Ríos, cuando el Mayor General del Ejército Libertador, Antonio Maceo -al lado del Generalísimo Máximo Gómez-, protagoniza la proeza invasora de Oriente a Occidente. Una fatídica escaramuza en San Pedro, actual municipio de Bauta en Artemisa, le trunca la vida. Mas dejó en heredad la épica leyenda que le inmortalizó:

“Vayamos a Punta Brava donde Maceo cayó; vayamos a Punta Brava a tributarle honor”, diría un poeta. Ciertamente, para honrarle en la historia “ninguna voz es débil” como no lo es, si evocamos, con el súmmum de su grandeza, a los internacionalistas que la Patria recuerda en el aniversario 26 de la Operación Tributo. ¡Honor y gloria, por siempre, a tanta entrega y altruismo!