A lo largo de la historia de la medicina cubana una de las figuras más trascendentales por su aporte a la ciencia universal fue el médico y biólogo cubano Carlos Juan Finlay Barres, quien nació hace 185 años, el 3 de diciembre de 1833 en la actual provincia de Camagüey.

Vivió en la capital desde pequeño. En 1944 cursaba estudios en Francia pero al enfermarse tuvo que regresar a la Isla. Cuatro años más tarde retornó para terminar sus estudios. Luego ingresó en el Jefferson Medical Collage en Filadelfia, Estados Unidos, donde se graduó de Doctor en Medicina el 10 de marzo de 1855, poco tiempo después revalidó el título en la Universidad de La Habana.

La mayor parte de su vida la dedicó a investigar la causa de la fiebre amarilla. Partió de la experiencia acumulada en la caracterización y el diagnóstico de la enfermedad, algunos de cuyos síntomas fueron descritos originalmente por médicos cubanos. En 1879 colaboró activamente con la primera comisión investigadora de la fiebre amarilla enviada a la Isla por el gobierno estadounidense, en  representación de la Academia de Ciencias.

Dos años más tarde viajó a Washington, como representante del Gobierno colonial ante la Conferencia Sanitaria Internacional, donde presentó por primera vez su teoría de la transmisión de la fiebre amarilla por un agente intermediario, cuya existencia era independiente de la enfermedad y del enfermo, capaz de transmitir el germen de la enfermedad del individuo enfermo al sano, pero su hipótesis no fue aceptada.

Continuó la investigación con personas voluntarias y logró comprobar la teoría de que el mosquito era el agente transmisor y que si una persona era picada por un mosquito infectado, quedaba inmunizada de padecer la enfermedad. De esta manera surgió el suero adecuado para el tratamiento de este padecimiento.

Foto: ACN Agencia Cubana de Noticias

El 14 de agosto de 1881 presentó ante la Real Academia de Ciencias Médicas de La Habana su trabajo: “El mosquito hipotéticamente considerado como agente de transmisión de la fiebre amarilla”. En este indicó que el agente transmisor de la fiebre amarilla era la hembra de la especie de mosquito que hoy conocemos como Aedes aegypti.

A partir de entonces y hasta 1900, Finlay y su único colaborador, el médico español Claudio Delgado y Amestoy, realizaron varios experimentos para tratar de verificar la transmisión por mosquitos, para lo cual efectuaron un total de 104 inoculaciones experimentales.

Durante esa etapa, Finlay formuló y divulgó nacional e internacionalmente las medidas para evitar las epidemias de fiebre amarilla, la principal era la destrucción de las larvas de los mosquitos transmisores en sus propios criaderos. Y esta fue en esencia la primera medida que se aplicó con éxito en Cuba, luego en Panamá, y en otros países donde la enfermedad era considerada endémica.

La segunda y tercera comisiones investigadoras de la fiebre amarilla en la Isla, enviadas por las autoridades sanitarias de los Estados Unidos a La Habana, en 1889 y 1899, no prestaron atención a la teoría de Finlay. La cuarta comisión, presidida por Walter Reed, fue creada en 1899 por el Cirujano General del Ejército de los Estados Unidos, George Sternberg, a solicitud del Gobernador Militar de Cuba, Leonard Wood, cuyas medidas de higienización habían fracasado frente a las epidemias de fiebre amarilla.

Estos tampoco compartían la “teoría del mosquito” de Finlay y al llegar a Cuba, la enfermedad afectaba a un gran número de soldados del ejército de ocupación estadounidense, instalados en la Isla desde 1898. Al no encontrar indicios de la presencia del agente patógeno, se vieron sin pista alguna ante la crítica situación epidemiológica.

A mediados de 1900 estuvieron en La Habana dos médicos británicos, que conocían estudios de un médico estadounidense los cuales indicaban que entre un caso y otro de fiebre amarilla mediaban dos semanas. Los británicos le expresaron a los miembros de la comisión que este intervalo parecía indicar la existencia de un agente intermedio en la transmisión de la enfermedad, y les sugirieron que prestaran atención a la teoría de Finlay.

La comisión visitó a Finlay en su casa en agosto de 1900 y este les entregó varias de sus publicaciones, hizo algunas recomendaciones y les donó huevos del mosquito Aedes aegypti, obtenidos en su laboratorio doméstico. Todo parece indicar que uno de los miembros de la comisión, Jesse Lazear, familiarizado con anteriores trabajos sobre posibles vectores biológicos, convenció al resto de los miembros de que no podía desecharse la posibilidad de que la fiebre amarilla fuese transmitida por un agente análogo al paludismo.

Investigaciones recientes, realizadas en los Estados Unidos, afirman que Lazear realizó una serie de estudios en septiembre de 1900 sin la aprobación del jefe de la comisión. En estos experimentos, él y otros voluntarios fueron picados por mosquitos obtenidos de los huevos suministrados por Finlay, los cuales habían ingerido sangre de pacientes con fiebre amarilla, alrededor de dos semanas antes.

Lazear y otros dos: Carroll y un soldado apellidado Dean, contrajeron la fiebre amarilla. Lazear llevó un detallado cuaderno de apuntes de la evolución de la enfermedad durante los 13 días que transcurrieron desde su auto inoculación y su fallecimiento el 25 de septiembre de 1900. Carroll y Dean sobrevivieron. Por lo tanto, se dice que Lazear, dirigió la primera comprobación experimental de la “teoría del mosquito”, independientemente de los trabajos realizados por Finlay.

Hasta ese momento, Reed, el jefe de la comisión, se había mostrado escéptico acerca de la teoría de Finlay. Al fallecer Lazear, viajó a Cuba y preparó un informe como Nota Preliminar de los resultados obtenidos por la comisión que dirigía. En esta expuso como cierta la teoría de Finlay, pero afirmó que éste no había logrado demostrarla (aunque Finlay reportó desde 1881 un caso similar), y argumentó que Finlay había utilizado mosquitos que todavía no habían incubado el germen de la enfermedad, por lo que debían desecharse los resultados experimentales del científico cubano.

Los 20 años de trabajo de Finlay y la importancia decisiva que tuvo su identificación del agente trasmisor fueron relegados a un segundo plano. Solo años más tarde, en 1932, quedó demostrado que la velocidad de la incubación del virus por el mosquito depende de la temperatura ambiente, por lo que algunos de los mosquitos empleados por Finlay en sus experimentos, sí podían haber incubado el virus de la fiebre amarilla.

En 1901, Reed dirigió una serie de meticulosos experimentos que reafirmaban la función del mosquito Aëdes aegypti como agente trasmisor y comprobó de manera rigurosa la teoría del científico cubano. Se dice, que de algunas cartas escritas por Reed, se deduce que llegó a convencerse de que era el autor de la teoría claramente formulada por Finlay veinte años antes, y se refería a ella como "mi teoría".

En los Estados Unidos se le otorgó el rango de "descubridor de la causa de la fiebre amarilla", sobre todo después de su fallecimiento en 1902. Y aun así, no le dieron crédito universal a la "teoría del mosquito", porque no se había probado que el Aëdes aegypti era el único portador posible.

La función del mosquito quedó demostrada convincentemente con la virtual eliminación de la fiebre amarilla en La Habana en 1901, como resultado de una campaña dirigida por el médico militar estadounidense William Gorgas, Jefe Superior de Sanidad de la capital. Este creó la Comisión Cubana de la Fiebre Amarilla, y basados en las recomendaciones de Finlay realizaron una campaña contra el mosquito en la que aislaron a los enfermos. Con esto lograron que en siete meses quedara erradicada la enfermedad.

Al año siguiente, Finlay fue nombrado Jefe Superior de Sanidad, y estructuró el sistema de sanidad del país sobre nuevas bases. Así dirigió la última epidemia de fiebre amarilla que se registró en La Habana, en 1905, que fue eliminada en tres meses. Desde 1909, no se han producido nuevos brotes de fiebre amarilla en Cuba.

Entre 1905 y 1915, varios eminentes investigadores europeos (entre ellos dos ganadores del premio Nobel, Ross y Laverán) propusieron oficialmente la candidatura de Finlay al premio Nobel, pero no le otorgaron la merecida distinción.

Recibió otros homenajes y reconocimientos, entre ellos: un banquete de honor, organizado por el Gobernador Leonard Wood; la medalla Mary Kingsley, del Instituto de Medicina Tropical, institución que dirigía Ronald Ross en Liverpool, Inglaterra; y el premio Bréant, otorgado por la Academia de Ciencias de París.

Sin embargo, murió el 19 de agosto de 1915, sin la celebridad merecida, debido al alcance de sus investigaciones. No fue hasta 1935 que se reconoció de manera  unánime que Finlay fue el primero en establecer científicamente el principio de la transmisión de las enfermedades infecciosas y en formular los adecuados principios higiénicos para la prevención de la fiebre amarilla.

El 25 de mayo de 1981 la UNESCO entregó por primera vez el Premio Internacional Carlos J. Finlay para reconocer los avances en la Microbiología. En la edición de julio de 1975, la revista Correo de dicho organismo especializado de la Organización de Naciones Unidas (ONU) lo incluyó entre los seis microbiólogos más destacados de la historia, junto a Leeuwenhoek, Pasteur, Koch, Mechnikov y Flemming.

En la celebración del IV Congreso de la Asociación Médica Panamericana, celebrado en Dallas, Texas, en 1932, a propuesta de la delegación cubana, se instauró el 3 de diciembre como Día de la Medicina Americana en honor a su natalicio. En 1942, durante la I Asamblea Nacional de la Federación Médica de Cuba, se acordó celebrar en esa fecha el Día del Médico en Cuba y el de la Medicina Latinoamericana.

En la actualidad, el estado cubano entrega la Orden Carlos J. Finlay a las obras científicas relevantes al servicio de la salud humana. Y este día se rinde homenaje a todos los trabajadores que con su esfuerzo diario luchan por preservar la salud humana. Logro alcanzado por una sociedad en la que todos tienen derecho a una asistencia médica gratuita y donde sus médicos brindan su ayuda solidaria a los países más necesitados.

Referencias

Finlay, benefactor de la humanidad. Por Matilde Salas. Revista digital Somos Jóvenes El saber revertido en bien social. Por Nancy Pérez Medina. Revista digital Somos Jóvenes.

Una condecoración bien merecida. Por Yisel C Valdés Arias. Revista digital Somos Jóvenes.

Enciclopedia cubana EcuRed.