El año 1956 llegaba a su fin y también con su despedida se esfumaban las esperanzas del régimen del presidente Fulgencio Batista de pacificar el país, ante el incremento de las acciones revolucionarias contra su dictadura instaurada cuatro años antes con el golpe de estado del 10 de marzo de 1952.

En la medianoche del 28 de octubre, el coronel Antonio Blanco Rico, jefe del Servicio de Inteligencia Militar, tomó el elevador del Cabaret Montmatre, situado en el centro del barrio de El Vedado como era su costumbre, pero al abrirse la puerta en el tercer piso para dirigirse a la barra, cayó abatido a balazos por un comando del Directorio Revolucionario 13 de marzo.

El gobierno respondió y el 29 de octubre fue asaltada la Embajada de Haití en La Habana, donde los esbirros asesinaron a 10 jóvenes revolucionarios exiliados, pero uno de ellos, el único armado del grupo, herido mortalmente desde el piso disparó su pistola y acertó bajo el chaleco protector de su asesino el Brigadier Rafael Salas Cañizares, Jefe de la Policía Nacional, el cual moriría poco después.

Se iniciaba en las últimas semanas del año una ola de asesinatos en las ciudades y pueblos para terminar con la insurrección en el llano, pero los militares estuvieron lejos de predecir que el levantamiento ocurrido en Santiago de Cuba el 30 de noviembre, presuntamente derrotado, representaría el inicio de la cuenta regresiva de la tiranía.

El alzamiento de Santiago de Cuba se realizó en apoyo al desembarco del Yate Granma, que dio comienzo a la lucha guerrillera en la Sierra Maestra, estrategia ante la cual nada podrían hacer los sicarios acostumbrados a matar a sangre fría.

En 1955, un movimiento popular obligó a la dictadura a promulgar una amnistía a los sobrevivientes del ataque al Cuartel Moncada del 26 de julio de 1953, quienes encabezados por el joven abogado Fidel Castro guardaban prisión.

Pero el dictador se preparaba para asesinar a los dirigentes revolucionarios en libertad, práctica habitual en sus métodos con los que consolidó su poder desde 1933 al frustrar los movimientos revolucionarios de la época.

El objetivo principal de ese macabro designio era Fidel Castro, quien desde sus primeros días en libertad inició la organización del movimiento 26 de julio en todo el país, etapa en la que conoció a un extraordinario joven santiaguero de apenas 20 años llamado Frank País, quien emergería como dirigente del nuevo movimiento y encabezaría las acciones del 30 de noviembre.

En julio de 1955, Fidel partió al exilio en México y en una carta explicó la causa de su salida del país: “De viajes como este no se regresa o se regresa con la tiranía descabezada a los pies.”

Ante el inminente retorno del líder a bordo del yate Granma, Léster Rodríguez, uno de los dirigentes del levantamiento del 30 de noviembre dijo sobre sus objetivos : (…) “Hacía falta que se llevaran a cabo acciones en el resto de la Isla que impidieran al ejército batistiano trasladar sus efectivos con suficiente rapidez a la zona de desembarco.”

Frank País desde mediados de noviembre precisó a los jefes del alzamiento en Santiago que las misiones serían cercar y atacar el cuartel Moncada, contra el cual se haría fuego con un mortero en manos de los revolucionarios y que esa sería la señal de iniciar el combate.

Además, atacarían las sedes de la Policía nacional y marítima, asaltarían una ferretería para ocupar armas y municiones.

Como fecha del alzamiento eligieron el 30 de noviembre, calculando que coincidiría con el arribo al país del yate Granma.

También se concibió incorporar al grupo de los expedicionarios combatientes en las zonas cercanas al desembarco como Puerto Padre, Guantánamo, Bayamo y Manzanillo.

El peligroso viaje por el mar embravecido desde México de la embarcación con su sobrecarga hizo imposible la coincidencia del desembarco con el levantamiento, que por otro lado ya era prácticamente incontrolable debido al gran espíritu de lucha y entusiasmo de los combatientes que debieron enfrentar entonces todo el poder de la dictadura.

Dicen los protagonistas de la gesta que el 30 de noviembre fue apoyada por todo el pueblo santiaguero que se sumó espontáneamente a las acciones del grupo de revolucionarios, quienes por primera vez salieron a las calles vistiendo el uniforme verde olivo y el brazalete rojo y negro del 26 de julio.

La lucha se generalizó en la ciudad, aunque los encargados de disparar el mortero contra el Cuartel Moncada fueron detenidos. Pero se combatió e incendió la Estación de Policía, se tomó su sede marítima y también se asaltó la armería donde ocuparon cartuchos de cacería y escopetas deportivas, todo como estaba previsto en el plan inicial.

También se combatió en otras regiones orientales y en el resto del país se realizaron numerosas acciones principalmente de sabotaje.

A mediados de la mañana del 30 de noviembre la resistencia fue mermando en Santiago, por la caída de principales líderes como Pepito Tey, Otto Parellada y Tony Alomá frente a la gran cantidad de fuerzas del ejército y la policía de la región que fueron enviados a la ciudad, por lo que fue necesario dar la orden de retirada.

Las fuerzas armadas proyectaron la mentira de la derrota de la insurrección, que en realidad fue el inicio de la etapa final de la dictadura que caería dos años después bajo el empuje de las columnas guerrilleras, que se multiplicaron de aquellos primeros focos de guerrilleros y combatientes del llano.

(Tomado de ACN)