En el lugar donde estaba el siniestro edificio del Buró de Represión de Actividades Comunistas (BRAC), hasta 1959, hoy existe un parque. Tiene por nombre: Parque de los Mártires. Debajo, tapiado, aun la oscuridad reina entre las mazmorras que ahogaban los gritos de los jóvenes torturados por bestias con uniforme de la policía del tirano Fulgencio Batista, asesorados por los servicios de inteligencia del gobierno de Estados Unidos.

En el lugar donde estaba el siniestro edificio del Buró de Represión de Actividades Comunistas (BRAC), hasta 1959, hoy existe un parque. Tiene por nombre: Parque de los Mártires. Foto: Miguel, Moret

Sobre el césped -donde pueden observarse personas conectadas a la Wifi- la vida fluye, sin reparar en la memoria de quienes hicieron posible esta libertad de vivir. Bajo la superficie, en la celda marcada con el número 6, el testimonio escrito con su propia sangre de Oscar Lucero Moya, organizador de la lucha clandestina en el oriente y la capital del país, descubierto a pocas horas del Triunfo de la Revolución, el Primero de enero de 1959. “18 de mayo de 1958. Aún vivo, Oscar”, confirmaba. No hacía falta más, solo la confianza en que la luz develaría sus palabras convertidas en arma y denuncia.

Muchos otros fueron torturados y finalmente asesinados sin que los esbirros pudieran obtener más que el ejemplo de quienes hicieron suyas las palabras de Fidel en su alegato de defensa conocido como La historia me absolverá –por los ataques a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes en el año del Centenario del natalicio del Apóstol- y donde cita a nuestro Héroe Nacional José Martí:

“Que hable por mí el Apóstol (y cita): Hay un límite al llanto sobre las sepulturas de los muertos, y es el amor infinito a la patria y a la gloria que se mira sobre sus cuerpos, y que no teme ni se abate ni se debilita jamás; porque los cuerpos de los mártires son el altar más hermoso de la honra".

En el actual Parque de los mártires, solo los días aun estremecedoramente marcados por tanta muerte, acudimos a realizar un acto recordatorio, donde tanta historia espera ser compartida –como legado y derecho- por las nuevas generaciones, entre los que desconocen el traslado nocturno de los cadáveres en autos del BRAC, hasta un punto del atracadero del río Almendares, muy cerca del Castillo de la chorrera, envueltos en telas sanguinolentas manchadas por las brutales heridas, maniatados con cuerdas y lastre, colocados sobre embarcaciones para lanzarlos al mar como “alimento” de los peces.

Precisamente desde este lugar existen testimonios de que fuera concretada la desaparición física del Alférez de Fragata Dionisio San Román, militar vinculado al Movimiento 26 de Julio que participó en el alzamiento en Cienfuegos, el 5 de septiembre de 1957.

Septiembre avanza y sobre este lugar de trascendencia histórica se ocultan los calabozos como si negaran el paso de la luz que pudiera descubrirnos, entre sus paredes, la desgarrante memoria de nuestros caídos, sumergidos en un silencio atroz que niega cualquier contacto con el tiempo afuera de sus celdas. Sin embargo, ellos, los que cayeron, no se esconden. Están más vivos en aquellas palabras de Fidel, cuando expresaba en su denuncia al tribunal que lo juzgaba: “Para mis compañeros muertos no clamo venganza. Como sus vidas no tenían precio, no podrían pagarlas con las suyas todos los criminales juntos. No es con sangre como pueden pagarse las vidas de los jóvenes que mueren por el bien de un pueblo; la felicidad de ese pueblo es el único precio digno que pude pagarse por ellas.

“Mis compañeros, además, no están ni olvidados ni muertos; viven hoy más que nunca y sus matadores han de ver aterrorizados cómo surge de sus cadáveres heroicos el espectro victorioso de sus ideas”.

En el lugar donde estaba el siniestro edificio del Buró de Represión de Actividades Comunistas (BRAC), hasta 1959, hoy existe un parque. Tiene por nombre: Parque de los Mártires. Foto: Miguel, Moret

Cuenta un joven que conoció dicho parque en su adolescencia, estando en el Servicio Militar Activo, que cuando le llevaron junto a otros reclutas a merendar y que luego se columpiaron en algunos de los aparatos, nunca les explicaron la energía que guarda tan sagrado suelo.

Hoy me pregunta: “¿Cómo puedo conocer mi historia, ser digno de tanta memoria heroica que nos precede?”. Y alega: “El sentimiento que brota de un sitio devenido monumento por su historia es lo que se alcanza después”.

Me habla de sus visitas al Segundo Frente Oriental Frank País, el Mausoleo del Che, al Cementerio Santa Ifigenia, donde se estremeció al punto de no poder contener sus lágrimas frente a la tumba de Martí y Fidel. Necesitamos convertir estos lugares históricos en plazas concebidas desde la solemnidad para orgullo de nuestra ciudad Real y Maravillosa.

*Este legado martiano, forma parte de su poema “A mis hermanos muertos el 27 de noviembre (estudiantes de medicina), escrito en 1872 en España, a donde Martí había sido deportado el año anterior como castigo a su osadía de desafiar al colonialismo y defender las ideas independentistas.