Hace unos días dialogaba con una pareja de amigos devenidos habaneros ausentes y confirmaba que, para saber a dónde se va, no podemos olvidar el punto de partida. La Habana es una ciudad extraordinariamente seductora por razones que darían curso a evocaciones enciclopédicas. No hay un lugar, espacio de la urbe desprovisto de historias tan arraigadamente compartidas como propias.

Caminarla siempre nos sorprende porque resulta difícil evadir ese enorme pulsar de vida que nos atrapa y devuelve –una y otra vez- con una mirada diferente, a veces inquieta, otras reflexiva, íntima o pública.

En su crónica primera, para este blog, Ernesto Carrillo nos dice: “Ahora tengo otros aromas para embelesar mis sentidos, colores y formas diversas a las cuales casi me acostumbro. Pero basta una canción, una plática donde por azar cruces el sentimiento y planté mis pies otra vez en tus calles. Esta ciudad que me abraza ahora nada tiene comparado a tu inmenso calor. La mirada de las personas que te reconocen, los que siguen en “el invento”, o la vecina que ayer gritaba rogando al cielo que “se hiciera la luz”. Todo lo imagino igual, inmutable como la tarde que rodaba mi maleta barrio afuera, persiguiendo la nieve e historias de otra Habana extrañada y frágil”.
 
Silvio, nuestro, en su bitácora Segunda cita, reafirma: “(…) No somos más bellos por andar en harapos sino por tener principios. Somos más conscientes y exigentes, pero queremos dejar atrás nuestras angustias materiales porque resistiendo a sangre y fuego nos hemos ganado un futuro honorable.
 
Por eso un día dije, y lo mantengo: “Soy enemigo de mí, y soy amigo de lo que he soñado que soy”. Letras llenas de imágenes y sentimientos de habaneros y habaneras fluyen desde las evocaciones hasta los sueños plenos de esa nostalgia que nos lleva del llanto a la risa, fragmentos de nuestra existencia que conforman el alma de nuestra nación, están dispersos en espera de ser compartidos. Dejar abierto este puente a quienquiera que lea estas letras y sienta la necesidad de contarlas es de hecho nuestro el propósito de ser invitado.