Este año la Agencia Actuar cumple su aniversario 40 y durante la jornada de celebraciones homenajeará a varias personalidades del teatro, la radio y el cine. El reconocido actor Carlos Quintas es uno de los que recibirá esta vez el Premio por la obra de toda la vida. Tribuna de La Habana conversó sobre su extensa carrera y profunda vida.

El viaje hacia una vida dedicada a la actuación.

—Desde pequeño sentí una inmensa atracción por interpretar vidas, sentimientos y sensaciones. Busqué diferentes vías para vincularme a ese mundo ficticio y real que me causaba fascinación, entonces comencé a ir a la Radio y me hice amigo de los locutores. Poco a poco fui aprendiendo sobre inflexiones vocales y tonos. Traté de relacionarme con todo lo que pudiera aportarme conocimientos. Al triunfar la Revolución, junto con otros compañeros, fundamos el grupo de teatro de la Asociación de Jóvenes Rebeldes, actuábamos en funciones en el parque Céspedes (de Santiago de Cuba), y en otros lugares. Logramos muchas cosas que aún recuerdo con afecto.

¿Cuándo y por qué decide venir a la capital?

—Ese cambio sucedió a partir de que abrieron la convocatoria para la Academia de Artes Dramáticas de Oriente, que era una sola provincia, donde también fundamos el Conjunto Dramático de Oriente. Gente muy valiosa estuvo ahí como Raúl Pomares, Obelia Blanco, viajamos por todo el país haciendo lo que nos gustaba. Participé en el año 1964 en el Primer Festival de Teatro Latinoamericano en La Habana, ese fue mi primer contacto con la capital.

“Comencé a trabajar en el ICRT, que aún no se llamaba así, era el Ministerio de Comunicaciones, tengo guardado mi primer carné. Se abrió el banderín para los jóvenes que hacíamos radio y entonces conocí a la gran Marta Jiménez Oropesa que fue como una maestra para mí. Trabajé intensamente para estar a la altura de figuras que ya estaban instituidas en la pantalla. Todo se hacía en vivo y rápidamente se desarrollaba la memoria y la responsabilidad para afrontar tales retos”.

¿Cómo se formó su depurada técnica más allá de la Academia?

—Hice muchas aventuras sin proponérmelo, hace poco supe que estaba entre los 15 actores que más actuaron en este género, en la Isla. Recuerdo con mucho cariño El conde de Montecristo, otra fue El halcón, protagonizada por Jorge Villazón, quien se nos fue pronto; pero aún es recordado por muchos. Esa experiencia fue invaluable, montábamos a caballo a toda velocidad, los actores casi no comíamos por la tensión, pero agradezco cada segundo.

“También trabajé en Radio Progreso dedicando esfuerzo y corazón a ese medio hermoso. De los grandes colegas, con los cuales compartí, y la dedicación constante, aprendí que la apariencia no es lo imprescindible en este trabajo, el físico se desprende de las necesidades de cada personaje. Muchas veces debemos parecer repugnantes sin pensar en la belleza”.

De los retos que impone ser actor.

—Uno de mis grandes orgullos fue haber sido amigo de Adolfo Llauradó, también le debo irónicamente uno de los grandes personajes de mi carrera. Llauradó se había retirado del protagónico de un Teatro ICRT, pero el director quiso continuar con el proyecto y me buscó. La obra era El sol bajo las patas de los caballos, de Brenen, junto a figuras como Verónica Lynn, Teresita Rúa y Mario Martínez, un reto inmenso. Cuando me llamaron, hablaron de un papel pequeño que debía aprender en tres o cuatro días.

“Cuando llego a mi casa, el libreto comenzaba con un monólogo de página y media, el personaje era un mendigo, un filósofo… ¡Imagina lo complejo de tal rol! Pensé estar equivocado y llamé al director Raúl Pérez quien respondió con tremendo genio porque confiaba en mi preparación como actor, ‘que estaba listo y no podía hacerlo quedar mal’. Solo pensar que estaba sustituyendo a Adolfo Llauradó fue mi mayor estímulo, sus palabras corroboraron su expresión cuando él mismo me dijo que era un ‘animal’. Desde ese momento fuimos grandes amigos y nunca dejé de admirarlo”.

¿Quién es Carlos Quintas hoy?

—Mi vida transcurre dedicada a la actuación, además de mi proyecto personal que tiene como epicentro a los niños. Trabajar para el público infantil es, hasta hoy, lo más complejo que he enfrentado. Puchungo es un personaje que escribió para mí, Ahmed Otero, con él invito a payasos y comediantes a dialogar con los pequeños y entretenerlos. Además, estoy abierto a otros trabajos por aquí y allá…, pero mi meta principal –en estos tiempos– son los niños, es lo que me causa mayor satisfacción y llena de vida.