La euforia cinematográfica y vislumbres del efímero invierno cubano nos llevan de un lado a otro cazando las mejores historias. Casi por casualidad o magnífica causalidad llegué al Acapulco donde me atrapó la cinta Un traductor.

Esta propuesta es una coproducción entre Canadá y Cuba dirigida por los hermanos Rodrigo y Sebastián Barriuso. Protagonizada por el conocido actor brasileño Rodrigo Santoro está inspirada en hechos reales. Se ambienta en Cuba durante la década de 90 recurriendo a las memorias del padre de los directores.

Foto: Juventud Rebelde

Cuenta la historia de un profesor de literatura que trabaja en la Universidad de La Habana y repentinamente debe mediar como traductor para los familiares y niños víctimas del accidente nuclear de Chernóbil que reciben tratamiento médico en Cuba.

Una fábula exquisita que sorprende en la comedida y sensible forma de contar. Sin calar en melodramáticas soluciones saca del bolso espectaculares fotografías de una Isla en sus años más duros de subsistencia. Las actuaciones resultan contenidas y efectivas, además de profundas y viscerales, en lo que algunos pudieran sugerir unas lágrimas se encuentra la medida necesaria para no opacar la terrible circunstancia.

La cinta bosqueja el espíritu de un pueblo que aprendió de su lado humanista en tiempos de carencia material en los ojos de su protagonista. Desde recursos autorreferenciales borda esencias sociales necesarias. Un traductor acaparó sonrisas, lágrimas y aplausos que se tornaban incontenibles para un público agradecido.