Mucho se trabaja en nuestra Isla para hacer de la infancia ese estado de perfección y felicidad que soñó “El Maestro”. A mi edad muy poco he desandado por otros lugares para comparar, pero vivo seguro y orgulloso de haber sido un niño pleno. No me recubro en la retórica de todas las conquistas que, por sentadas, son merecidas y solo destacan la veta de justicia en las ideas por las que nos levantamos cada día.

Crecemos en Cuba tropezando con los canteros de los parques, resguardados por vecinos y amigos. Se alzan con la frente hacia el sol con las minúsculas suelas de sus zapatos llenas de sal y esperanza. Llevan en su brazo la marca del amor: lágrima que borra cualquier posibilidad de padecer.

Brota en los cabellos de cada infante la semilla de futuro y la luz eterna que mantiene iluminado el faro. La verdadera inocencia escala la mirada itinerante de los pequeños, núcleo de un país hecho de sueños.

El próximo primero de junio es la fecha seleccionada por Cuba para celebrar el Día Internacional de la Infancia, instituido por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1956, dedicado a la fraternidad y a la comprensión entre los niños y las niñas del mundo entero.