El accionar irracional del gobierno de los Estados Unidos que preside Donald Trump con respecto al bloqueo económico, comercial y financiero contra Cuba, intensifica el rechazo universal a esa política genocida y carente de justificación.

Solo de magno disparate puede catalogarse la activación del capítulo 3 de la absurda Ley Helms-Burton, esa que ha contribuido a aislar considerablemente a Washington de la comunidad internacional por intentar imponer una legislación unilateral violatoria de la soberanía de otras naciones.

Ello resulta un significativo quebranto al derecho de los países a sustentar su independencia y determinación de negociar libremente con todos aquellos pueblos que consideren pertinente, en defensa de sus genuinos intereses.

Y la Casa Blanca, a pesar de los quizás oportunos consejos de algunos asesores jurídicos, expertos en el tema y gobiernos aliados, trata de implementar esa aberrante disposición destinada a castigar a los pobladores de la Isla por haber decidido ser libres, y no formar parte del traspatio de EE.UU.
La administración Trump padece de profunda ceguera política. No comprende que esa forma de recrudecimiento del cerco consigue acrecentar el repudio a su gestión por parte de la mayoría de los estados del planeta, al constituir una práctica ilegal que vulnera los códigos de conducta legales e históricos establecidos por la Organización de las Naciones Unidas.

Igualmente siguen siendo inconsistentes y carentes de solidez los pretextos utilizados por la Casa Blanca para obstaculizar la fluidez de las relaciones diplomáticas y de convivencia armónica entre ambos territorios.

Llama la atención algo que jamás se suscitó con el cuerpo diplomático acreditado en Cuba durante más de 55 años, y es lo relacionado con los raros e inauditos casos declarados sobre afectaciones auditivas de algunos de los funcionarios y familiares estadounidenses. Ello se asemeja más a un guión ficticio que a la realidad que tratan de proyectar, así como son aborrecidas las falacias esgrimidas por autoridades norteamericanas sobre acciones de solidaridad y colaboración que la Isla ha practicado durante décadas en diferentes regiones del orbe, incluyendo en Venezuela, y otros pueblos de este, y otros continentes.

Es muy significativo que alrededor de estas paradójicas informaciones se produzca la profundización del bloqueo, y el desembolso de millones de dólares para financiar la subversión en el territorio caribeño, cuestión que no es nueva, pero acontece en momentos que el anterior dignatario Barack Obama había dado los primeros pasos para la apertura de relaciones y un acercamiento con La Habana fundamentado en cambios de estrategia y una perspicaz inteligencia, aunque con el mismo propósito de alcanzar los objetivos de Washington de otra forma, con mayor acento en la penetración ideológica y aspectos económicos, pero buscando también minimizar la negativa de la comunidad internacional a secundar las tradicionales prácticas de sanciones y acoso, unilaterales.

Y luego de más de diez administraciones norteamericanas fomentando agresiones, asedios, actos terroristas e invasiones que fracasaron, el señor Trump vuelve a la naufragada y degradante “Doctrina Monroe”, despreciada e impugnada por los pueblos de América.

No hay dudas que la mentalidad retrógrada y ultra reaccionaria de quienes rodean a este mandatario está a mil años luz de la realidad de América Latina y el Caribe.

Existen evidencias de que los aliados de Norteamérica en Europa, Asia, África, América Latina y el Caribe, tampoco comparten los desmedidos anhelos de la Casa Blanca de continuar hostigando y entorpeciendo las inversiones y el desarrollo del libre comercio, así como el intercambio de productos y servicios con la Mayor de las Antillas.

Las patrañas orquestadas, una y otra vez por la mafia cubano-americana con protagonismo del senador Marco Rubio, Díaz Balart, Ileana Ros y su séquito de oportunistas asalariados cobijados en la Florida, (los cuales participan activamente en la añeja cruzada contra la patria de José Martí), volverán a sucumbir ante la avalancha de un pueblo que no quiere volver al ignominioso pasado, despiadado, sanguinario y explotador que la República de Cuba conoció, antes de 1959.