“Padre es cualquiera”, es una expresión que suele utilizarse con frecuencia entre quienes comparan la maternidad y la paternidad no solo como un privilegio biológico y excluyen la responsabilidad espiritual, afectiva que representa ser padre, aun cuando alcance la hermosa categoría al contraer un nuevo compromiso con otra persona que también tiene descendencia.

Padre es una referencia que encierra un concepto de amor sin límites e inevitable en los progenitores. Así los cualifican los hijos cuando nos miden con la vara de la experiencia que nos permite conocerlos y hasta predecirlos en algunas de sus acciones o comportamientos.

De ningún modo hemos sido perfectos (los padres y los abuelos desde el principio de todos los tiempos). Asumir la paternidad, es parte de la experiencia que se adquiere en la vida, nos coloca en un lugar privilegiado en el cual evitamos repetir los errores condicionados por la falta de previsión y la caducidad del pensamiento al enfrentar los nuevos retos que impone educar a los hijos en un mundo moderno, donde predominan las tecnologías capaces de aislar en sí mismos a los seres humanos.

Pudiera citar incontables ejemplos para ilustrar esta afirmación; sin embargo, no es el propósito de un día en el cual los recuerdos pesan más y por tanto adquieren mayor valor. Es por eso que prefiero la invitación a reflexionar en la importancia de ser padre. Los hijos son la única oportunidad de perpetuarnos como seres humanos y trascender en la memoria como legado imprescindible no solo de cada familia, sino para construir su propio futuro y convertirse en padres.