Voy callado por el inmenso corredor de los años, desechando la oscuridad que me enseñaste a transformar en color. Recluto algunas gotas de mayo en un pequeño riachuelo que te siga a todas partes, que te cuide hoy como me cuidas tú siempre. Desplazo palabras, momentos, frases que nunca debimos decir o pensar por un beso que se quede tatuado en tu mirada.

Madre no hay, ni hubo, ni habrá, ni muchas, ni todas, ni la mía, ni aquella que no lo logró; ser madre es un estado del alma donde un ser terrenal cultiva libélulas en su vientre, para transmutarlas luego en el más puro amor. La verdad se encuentra en el pequeño detalle de aquel dedo apuntando la calle que no debes tomar y tomamos, los amigos que siempre le cuentan su versión de la realidad…, todo lo que sabe una madre y nos persigue hacia el infinito.

Lo mejor es que nunca te marchas, que desde tu pedestal incorpóreo o material abrazas mis sueños con la misma intensidad de aquel primer momento.

Lo peor es que nunca aprenderé a quedarme, obsesión de semilla que desea inocular al universo con sus versos violetas. Lo importante, es que nos basta compartir el pétalo aun cuando perdió su aroma, dibujar con un silbido nuestra ilusión en las nubes; lo importante es lo imprescindible.

Te digo todas estas cosas porque callo demasiado y puede llegar el momento en que pasen las semanas sin que te abrace, y que no me digas en las mañanas que no te gusta así mi pelo, que falten horas para encontrarnos.

No sé cómo puede ser natural esta sensación que rebasa el instinto, somos mucho más que flor y savia, nacimos predestinados para adorar este instante de tiempo, para pertenecer a una casta que regresa al amor, y continuar una antigua canción.